El Museo de la Inocencia, perfilado en la novela, abrió sus puertas con el mismo número de vitrinas que capítulos tiene el libro. En 2014 obtuvo el reconocimiento como mejor museo europeo, otorgado por el Foro Europeo de Museos. El museo real reúne un sinnúmero de objetos descritos o aludidos en la novela: pendientes, colillas, ceniceros. Es la recreación de aspectos de la narración, pero también de un periodo de la vida de Estambul.
Así, Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, consolidó la universalidad de su texto. Porque El Museo de la Inocencia es una suma de intenciones: un planteamiento disidente frente a los manuales del sentimiento que se transmiten de generación en generación; una invitación a revisar los lugares comunes enraizados en torno al tiempo, el amor y la felicidad.
Es fácil caer en el simplismo de catalogar la historia de Kemal y Füsun como una obsesión amorosa. Las casi seiscientas cincuenta páginas de El Museo de la Inocencia encierran historia, filosofía, ejercicios narrativos y una especial emotividad. Es uno de esos libros para vivir, aprender, crecer, madurar. Para recordar:
Que cada personalidad tiene formaciones y motivaciones particulares que la llevan a tomar una decisión u otra.
Que la riqueza humana no reside en la uniformidad, la estandarización o las semejanzas, sino en aquello que vuelve auténtica, original y distinta a cada persona.
Que no basta con estar y ser: también hay que saber permanecer y existir.
Que la vida no consiste en un abecedario riguroso que ordena la A, la B y la C hasta concluir en la Z.
Que hay otros lenguajes, otras capacidades para compartir.
Que lo predecible llena el mundo, pero lo impredecible sostiene las historias profundas.
Que en los detalles, los instantes, los momentos, los episodios y los objetos se concentra lo que somos.
Que nos inculcan una mentalidad utilitarista aplicable incluso a las relaciones personales: el “qué me deja”, que impide plantearse el “qué doy”.
Como dice el propio narrador: “La esencia de la historia de Füsun consiste en el hecho de entregar algo que consideramos muy preciado sin esperar nada a cambio”.
Sí, El Museo de la Inocencia es uno de esos libros que dejan una profunda huella en su lector. Porque está bordado con una perspectiva inusual: “En realidad nadie sabe que está viviendo el momento más feliz de su vida mientras lo vive. Puede que haya quienes piensen o digan sinceramente (y a menudo) en ciertos momentos de entusiasmo que están viviendo ‘ahora’ ese instante dorado de sus vidas, pero, a pesar de todo, con parte de su alma creen que más adelante vivirán momentos más hermosos y más felices”. Ese es su tono: reflexivo, introspectivo.
Además, se percibe una poderosa melancolía, pero está registrada para ser cuestionada: “La felicidad pura en este mundo sólo puede conseguirse abrazando a alguien y ‘en el instante presente’”. Algo que recuerda el eje de la exitosa novela Nada, de Janne Teller: todo lo que significa algo es valioso mientras es; cuando deja de serlo, es nada. Aun cuando “en la vida las cosas nunca salen como queremos”, “digan lo que digan, lo más importante en la vida es ser feliz”.
Porque no es una historia tradicional, El Museo de la Inocencia equilibra meses de intensidad, un par de años de dolorosa ausencia, ocho años de observación, una noche de realización y una vida de celebración. Como bien dice Maya Angelou: “Lo mejor es enamorarse, lo segundo estar enamorado, lo peor es desenamorarse. Pero todo ello es mejor que nunca haber estado enamorado”. Orhan Pamuk muestra que la totalidad es lo importante: el qué y el cómo. Un libro que deleita, conmueve e instruye en su lectura o en su feliz relectura.
