La serie española convierte el porno en punto de partida para explorar el deseo, los cuerpos reales y los mitos de la sexualidad contemporánea.
DAVID TOVILLA
La serie Cochinas, disponible en Prime
Video, irrumpe con una propuesta incómoda: tomar el porno como punto de
partida para hablar del deseo, el cuerpo y la sexualidad contemporánea. Lo que
parece una comedia provocadora se convierte en una de las miradas más lúcidas
—y necesarias— sobre la intimidad en pantalla.
No es casual. La apuesta de la plataforma
por contenidos más ambiciosos encuentra en Cochinas, estrenada el 24
de abril, una de sus formas más claras. La serie confirma que la comedia puede
ir más lejos y colocarse por encima de lo ordinario.
De manufactura española, con actuaciones destacadas encabezadas por Malena Alterio, la serie articula con solidez
sus diversas lÃneas temáticas. Logra algo poco frecuente: divierte, convoca,
atrapa y obliga a pensar.
Su punto de partida parece evidente: el porno y su presencia constante en la
vida contemporánea. Pero esa lectura se queda corta. Porque el problema no es
el porno, sino lo que revela de quien mira.
La serie utiliza los videos sexuales —los de mayor explicitud— como puerta
de entrada. Cada episodio inicia con recreaciones de producciones ochenteras,
lo que podrÃa sugerir un enfoque superficial. No lo es. A partir de ahÃ, Cochinas
despliega una indagación más amplia y compleja.
El porno está ahÃ: ha estado y seguirá. Ha cambiado, se ha transformado, y
hoy incluso hay una generación de directoras que propone narrativas distintas,
centradas no en la fantasÃa masculina sino en el deseo femenino.
A lo largo de la serie se desmontan ideas extendidas. Que el porno es solo
para hombres: falso. Bastarecordar que, según datos de Pornhub en 2025, en México el 48% de quienes loconsumen son mujeres. Que el porno es actuación: cierto. Es la
representación de un encuentro sexual, muchas veces sostenido por pretextos
narrativos torpes, mecánicos, incluso ridÃculos.
Cochinas no condena ni celebra: observa. Entiende estos contenidos
como una realidad que depende del uso que cada persona les otorgue. La crÃtica
apunta, más bien, a la automatización del deseo: cuando el placer deja de ser
experiencia y se vuelve repetición.
Sus aciertos son varios. Introduce temas como la incomunicación en la
pareja, la relación con el propio cuerpo, las necesidades sexuales en distintas
etapas de la vida —incluidas condiciones congénitas— y la diversidad de
experiencias que alcanzan incluso la asexualidad.
La serie se asume plural, contemporánea y rompe con ciertos códigos visuales
dominantes: muestra cuerpos reales, lejos de la estética idealizada. Esa
decisión le otorga veracidad y fuerza.
Cada episodio advierte: «Esta producción contiene desnudez, simulaciones
sexuales y algunos elementos potencialmente ofensivos. Si la visión del cuerpo
humano o la intimidad le resulta perturbadora, considere no continuar».
La postura es clara: si el cuerpo y la sexualidad incomodan, esta no es una
serie para usted.
A quienes buscan comprender su sexualidad desde la información y la
responsabilidad se les sigue etiquetando como “cochinos”. La serie invierte esa
lógica: convierte el insulto en afirmación. No hay culpa ahÃ, sino una forma de
asumir el deseo en un mundo que aún no lo acepta, también en un paÃs como México,donde el consumo de porno ocupa uno de los primeros lugares a nivel mundial.
