DAVID TOVILLA
Hay libros que regresan no como reediciones, sino como una forma de advertencia: después de leerlos, ya no es tan fácil escribir igual. La nueva edición de Frutos extraños de Leila Guerriero, publicada por Alfaguara, ahora en 2026 y ampliada respecto a su versión de 2020, pertenece a esa rara estirpe. No vuelve para ocupar un lugar en la mesa de novedades ni para sumar un título al catálogo: vuelve para recordar de qué está hecho el periodismo.
Porque estos textos no se someten a la disciplina de un solo género. Son
perfiles, sí, pero también son crónica, ensayo, observación minuciosa y, sobre
todo, literatura. Guerriero no documenta vidas: las reconstruye. Y en ese gesto
hay una toma de posición: escribir no es registrar lo visible, sino aprender a
mirar hasta que algo, por fin, se revele. «Un perfil —dice— es, más que el arte
de hacer preguntas, el arte de mirar».
Leer Frutos extraños deja una certeza incómoda: todo trabajo con
información puede dar mucho más. Cada texto fija un estándar de
exigencia que descoloca, porque no se limita a contar bien, sino que obliga a
preguntarse por qué casi nunca se cuenta así: «Lo que importa no es el qué,
sino el cómo».
En estos perfiles hay algo más que reconstrucción biográfica: hay
atmósfera. El lector no sólo conoce a los personajes: queda atrapado en ellos.
Se desplaza por sus silencios, por sus zonas opacas, por los espacios que los
contienen. Esa inmersión no tiene nada de espontánea: está construida con una
disciplina casi feroz. «Escribir un artículo me lleva de veinte días a un mes y
medio, con jornadas de doce, quince o dieciséis horas». No es método: es
obsesión convertida en forma.
El resultado es una escritura que se niega a domesticar la realidad.
Guerriero lo demuestra en una de las escenas más brutales del libro: «Hace
algunos años una mujer me contó el momento en que descolgaba el cadáver de su
hijo, ahorcado en plena calle, y me dijo esto: “[…] lo bajamos y él se cayó
conmigo. Se cayó arriba mío. Y estaba con sus ojitos abiertos, como diciendo
mamá perdonemé. Perdonemé”. Yo grabé y transcribí textual, aunque también
hubiera podido escribirlo así: “Cuando lo bajamos mi hijo cayó sobre mí. Tenía
los ojos abiertos y parecía pedirme perdón”. La idea es la misma, pero la
segunda es su versión embalsamada».
Ahí está uno de los grandes logros del libro: evitar el aburrimiento sin
simplificar la complejidad. Estos perfiles no informan: arrastran. Al terminar
cada uno, lo que queda no son datos, sino una experiencia: la sensación de
haber estado ahí, de haber visto lo que no se ve: «No la historia, sino los
vientos que la empujan».
Por eso estos textos no envejecen. No dependen de la coyuntura ni del
momento de su publicación. Se sostienen en algo más resistente: la densidad de
lo humano. Incluso —o sobre todo— cuando algunos de sus protagonistas ya han
muerto, estas piezas se vuelven otra cosa: no registro, sino permanencia.
Hay, además, una lección de fondo. Guerriero recuerda que el periodismo
no es sólo un oficio: es una forma de conocimiento. Una herramienta para
desentrañar el mundo. Pero esa herramienta no funciona sola. Exige mirada,
tiempo y una inconformidad radical con la superficie: «Hay que haber mirado
mucho para escribir tres líneas que lo digan todo».
Esa mirada tampoco es inocente. Se forma, alimenta y construye con
todo lo que se lee, mira y escucha. En ese sentido, Frutos extraños
no sólo muestra cómo se escribe: muestra desde dónde.
Y quizá ahí reside su efecto más profundo: en convertirse en ese libro
que el lector no sabía que necesitaba. No porque enseñe, sino porque
desacomoda. Porque, después de leerlo, se asume que algo ha cambiado para leer y escribir.
En un tiempo en que la velocidad se ha vuelto criterio, Guerriero deja
una advertencia que suena casi como un desafío: «Creer que las condiciones
perfectas existen […] es una excusa […] para no escribir jamás».
Tal vez por eso esta nueva edición no es sólo pertinente: es necesaria. Porque recuerda que el periodismo, cuando alcanza su mejor forma, no consiste sólo en encontrar
la verdad, sino en darle una forma capaz de sobrevivir.
