No hay una sola Marilyn Monroe. A cien años de su
nacimiento, exposiciones, archivos y relecturas disputan su significado: entre
el mito que se repite y la voz fragmentaria que nunca terminó de fijarse.
DAVID TOVILLA
La Cinémathèque Française inauguró el 8 de
abril la muestra “Marilyn Monroe: ¡100 años!”, con motivo del centenario
de Marilyn Monroe, nacida como Norma Jeane el 1 de junio de 1926. A esta
exposición se sumarán distintas actividades en múltiples sedes alrededor del
mundo.
Sin embargo, ninguna de ellas responde al
mismo impulso.
Cada conmemoración parece construir una
Marilyn distinta. Tantas como las que han circulado durante décadas: un ícono
disponible para el uso que se le quiera dar. Legitimarla. Reinterpretarla.
Multiplicarla. Explotarla. Fragmentarla.
Todo es posible porque Marilyn no es una
figura fija, sino una superficie en disputa. Las visiones que se proyectan
sobre ella no se cancelan entre sí: se superponen. Y en esa superposición se
forma la red que la mantiene vigente.
Sobre Marilyn hay infinidad de libros, pero
sólo uno que reúne fragmentos de lo que ella escribió. Es, también, un reflejo
de su propia vida: intermitente, accidentada, atravesada por la industria. “La
gente tenía la costumbre de mirarme como si fuera una especie de espejo en
lugar de una persona”.
Sí, se constituyó en un símbolo sexual. Pero
también fue el producto de una maquinaria que operaba con una impunidad hoy
apenas visible. El caso de Harvey Weinstein estalló hasta 2017; sirve como
referencia tardía de un sistema que, décadas antes, ya funcionaba con otras
reglas y sin consecuencias públicas.
Es inevitable preguntarse qué ocurría en los
años de mayor exposición de Marilyn, entre 1953 y 1959. No como anécdota, sino
como estructura: quién decidía, en qué condiciones, a cambio de qué.
En distintos momentos, sus propias palabras
funcionan como señales de esa tensión. “Por encima de todo, quiero que me
traten como a un ser humano… Hay gente a la que le gusta considerarme una
estrella sexy, frívola y estúpida”, dijo a Georges Belmont, en una de sus
entrevistas más reveladoras.
Se ha escrito mucho sobre ella, pero quizá
sería más útil mantener abiertas las preguntas:
¿En qué momento Marilyn Monroe dejó de ser
persona para convertirse en imagen?
¿Quién decidió qué versión de Marilyn debía sobrevivir?
¿Puede una imagen volverse más real que una vida?
¿Es la repetición una forma de homenaje o de borramiento?
¿La muerte la volvió más reproducible?
¿Es la inmortalidad otra forma de desaparición?
¿Es Marilyn un símbolo o un recurso?
¿Puede existir Marilyn fuera del deseo masculino?
¿Por qué se prefiere el mito a la complejidad?
Tal vez por eso el
centenario no responde quién fue Marilyn Monroe.
Solo confirma que
es imposible fijarla en una sola forma.
