Elefante de Gus Van Sant y Columbine: por qué cualquier lugar puede ser escenario de violencia

La coincidencia del 20 de abril entre Columbine y un hecho violento en México revela una inquietud persistente: la violencia no irrumpe, permanece. Elefante, de Gus Van Sant, la observa sin explicarla.

DAVID TOVILLA

La tragedia reciente escenificada en Teotihuacán, México, no solo coincide con la fecha de la masacre de Columbine High School, en Estados Unidos, en 1999. También reactiva su lógica: la irrupción de la violencia en un espacio cotidiano, sin advertencia clara. Tiradores que siegan vidas y luego se suicidan.

Los hechos conducen a recordar la película Elefante, de 2003, disponible en HBO.

Es una obra de apenas hora y media que, durante sus primeros sesenta minutos, no muestra nada extraordinario: conversaciones dispersas, trayectorias que se cruzan, decisiones personales que no anuncian ninguna tragedia. La vida, en su forma más reconocible, se despliega sin sobresaltos.

Esa es, quizá, su operación más inquietante.

Van Sant no construye suspenso; desactiva la expectativa del acontecimiento. Instala la monotonía. Acostumbra a la repetición. Obliga a habitar un tiempo donde todo parece seguir su curso natural.

Hasta que deja de hacerlo.
La violencia no entra en escena: ya estaba ahí, confundida con la normalidad.

La película sugiere, sin subrayados, que la normalidad no es una garantía, sino una ilusión sostenida. Cada personaje avanza en su propio carril, ajeno a cualquier amenaza. El mundo continúa, indiferente, mientras en paralelo se gestan —fuera de cuadro o en segundo plano— las condiciones de la violencia.

Inspirada en Columbine, Elefante evita convertir el hecho en un caso cerrado. No hay tesis. No hay moraleja. Solo una constatación: la violencia no anuncia su llegada.

Columbine fue una escuela. Pero puede ser cualquier otro lugar y momento.

Cuando la acción irrumpe, no lo hace como clímax, sino como fractura. No hay progresión dramática que prepare al espectador; hay un corte abrupto que rompe la continuidad de lo cotidiano.

Ahí la película alcanza su punto más perturbador: en la certeza de que todo seguía su curso segundos antes.

El mundo no se detiene para advertir lo que está por suceder. No hay señales claras ni códigos visibles que permitan anticipar el desastre. La violencia aparece como interrupción radical, no como consecuencia lógica.

Pensar hoy Elefante implica ir más allá de su referencia original. No se trata solo de Columbine, sino de lo que inauguró: una forma de imaginar —y temer— la violencia en espacios ordinarios.

Cada vez que ocurre un hecho similar, la película regresa. No como explicación, sino como marco de percepción. Deja una idea incómoda: la vida cotidiana puede contener, sin aviso, su propia ruptura.

Van Sant tituló Elefante como alusión al “elefante en la habitación”: ese problema enorme que todos ven, pero nadie nombra. La película funciona como un manifiesto silencioso: cada episodio de violencia obliga a mirar de frente aquello que se evita.

No hay sorpresa en este tipo de violencia. Lo inquietante es su capacidad de esperar, inmóvil, dentro de lo cotidiano.

 

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