La película Immortal Beloved retrata a Ludwig van Beethoven como un creador absoluto y un hombre incompleto, marcado por la sordera y la imposibilidad de consumar el amor, en un relato que combina intriga, memoria y pasión.
A Marina Ileana, por su capacidad receptiva...
Beethoven, un ser inmortal llega a través de la
exitosa cadena de exhibición nacional. La publicidad ya establece comparaciones
y la crítica nacional la situó en relación con la ya Amadeus y la otra
del mismo tema que se estrenó más o menos en los mismos días: Farinelli, il
castrato.
Pero el asunto, aquí y ahora es Beethoven, un ser
inmortal, película que coincide con la idea recurrente y que también une a
las películas mencionadas: el artista como virtuoso, pero más en el sentido que
señala el poeta León Felipe.
Un ser completo, pleno, puntal en alguna de las disciplinas
artísticas pero incompleto en el aspecto humano. Casi un pago o un castigo que
debe hacer por tanta gracia. La insatisfacción por un defecto de
comportamiento, por cuestiones éticas o sociales, o como en Beethoven, un
ser inmortal: la falta de correspondencia, una desafortunada no
coincidencia, aunada a la sordera o el famoso defecto físico del grandioso
Ludwig Van Beethoven.
La película gira en torno a las investigaciones del que fuera
secretario del compositor quien, al descubrir el testamento más reciente del
músico, revela que ha decidido hacer su heredera universal a un personaje
desconocido, no imaginado por ninguno de los familiares que ya se disputan la
herencia.
Beethoven deja todo a la única mujer que amó, a su amada
inmortal: "Mi ángel, mi todo, mi otro yo". El secretario desoye
consejos en olvidar el asunto y se dedica a buscar a esa mujer.
Sigue la pista por tres mujeres en la vida del músico: la
condesa Giuciardi, la húngara condesa Brody y la campesina Johanna Reiss, quien
fue su amante y la trató despectivamente como "prostituta", por casarse
con su hermano.
El suspenso se prolonga. Es meritoria la falta de
linealidad: esa que, por lo general, habla de un ser que nace, se desarrolla y
muere. La película va de un segmento, de un aspecto de la personalidad del aludido
a otro: su admiración y posterior pérdida de la misma hacia Napoleón Bonaparte;
el estreno de su famosa sinfonía sin poder percibirlo, su degradación humana
como parte de las pérdidas auditivas; alusiones al carácter reproductivo de los
esquemas de conducta y educación que también el músico reprodujo; y, un lugar
infaltable: el amor, su búsqueda natural, infatigable, irrenunciable en todo
espíritu creativo e inexplicable para la farsa y la pose.
Es una lección ya descrita en algún material de estos: en la
vida, hay una sola oportunidad, en el momento menos pensado. Es una puerta que
se abre una sola ocasión. Si se cruza, continuarán abriéndose más puertas y
ventanas.
Si se desperdicia esa oportunidad —que llega quién sabe cómo
y cuándo— la vida es tan cruel que dejará a algunos arañando toda puerta de
acceso a las oportunidades. Ya no se abrirá. El amor no pudo realizarse en Beethoven,
un ser inmortal, con las inevitables consecuencias de ello.
Dos detalles más de la cinta. Primero: más apuesta a los
hechos que al aspecto musical, por eso no se percibe el trabajo de un director
exponente mundial de las notas de Beethoven: George Solti. El segundo: en poca
pero suficiente proporción se nota esa ventaja de épocas anteriores. La
inexistencia de los ubicuos medios de comunicación masiva, obligaban a escuchar
música de concierto con sus instrumentos originales y a desarrollar propiamente
una cultura musical.
Los oídos se educaban no por moda sino porque no había otras
maneras de acercarse a la música. Había entonces mayor capacidad para diferir a
buenos y malos intérpretes. Un ejercicio que, en la actualidad es difícil se
haga.
*Publicado en Expreso Chiapas.
