La obra de Jorge Yazpik transforma la roca volcánica desde dentro: intervenciones precisas que dialogan entre naturaleza y geometrÃa, donde el vacÃo, la luz y la textura convierten la materia en una experiencia estética que invita a la contemplación.
DAVID TOVILLA
Jorge Yazpik se ha ocupado del interior. Mantiene el contexto. Las rocas dicen su pasado antes de ser escultura. Hay horadaciones, hendiduras, de diversas medidas que transforman la piedra en obra. Afuera: dureza; adentro: pulimento. Llega a ser como una ventana donde el proceso es inverso. No se observa hacia el frente. Hay un acercamiento desde el pasado hacia el futuro. El presente está afuera: en quien mira. El trabajo desarrolla un diálogo entre la profundidad del origen de las rocas y las modernas lÃneas perfectas, geométricas, que se han aplicado a su corazón. Porque éste está ausente, es aire, conducto, túnel, luz, laberinto en donde atraviesa el conocimiento, el tiempo. El anverso es la naturaleza; el reverso, la huella de quien puede modificarla, aún en la radicalidad de una manifestación como la piedra. El centro de la roca es aposento, camino, respiro. Lo inerte adquiere vida con una incisión.
Son esculturas que permanecen en el espectador porque logran armonizar opuestos. En suma: la historia y el devenir; la aspereza y la lisura artificial; la solidez y la vulnerabilidad; la monumentalidad de tamaño y la sencillez de la propuesta. En cuanto al efecto humano, la obra en roca de Yazpik aparta de la incesante carrera cotidiana de celeridad, competencia, urgencia, apariencia. Logra abstraer de cualquier dinámica. Mueve a detenerse a pensar en la conformación de los grandes bloques y la genialidad para transformarlos en un mensaje artÃstico. Alejan de la apabullante información de violencia mundial que llega a las personas a toda hora por todos los recursos tecnológicos para recordar que existe el arte y su capacidad de conmover, emocionar, deleitar, educar.