DAVID TOVILLA
Esta semana ocurrirá una actividad memorable: una fecha en la historia del
arte, de la arquitectura y de la espiritualidad contemporánea. El miércoles 10
de junio se celebrará en Barcelona la inauguración y bendición de la cruz que
corona la torre central de la Basílica de la Sagrada Familia. Con esa pieza, el
templo alcanza los 172.5 metros y se convierte en la iglesia más alta del
mundo.
La ceremonia estará encabezada por el papa León XIV. La fecha no es casual:
coincide con el centenario del fallecimiento de Antoni Gaudí, el arquitecto que
convirtió aquella obra en una de las aventuras constructivas más asombrosas de
la modernidad.
Será un paso decisivo en la historia de un edificio que lleva 144 años en
construcción. La primera piedra se colocó en 1882, el día de San José. Como
ocurre con las grandes obras llamadas a desafiar a su tiempo, la Sagrada
Familia ha visto pasar generaciones, relevos en la dirección, crisis
económicas, debates estéticos y hasta una guerra civil que destruyó parte de la
documentación original concebida por Gaudí.
Los barceloneses pueden sentirse orgullosos porque la obra ha vencido
adversidades enormes. Su financiamiento nació de aportaciones populares y, con
el tiempo, encontró en el turismo una fuente decisiva para sostener el avance
de los trabajos. La hazaña, por tanto, no pertenece sólo a un arquitecto ni a
una institución: es también una obra colectiva. En 2026 ya puede contemplarse
casi en su forma definitiva, aunque todavía no está concluida. Quedan trabajos
pendientes, sobre todo en la fachada de la Gloria y en el entorno urbano.
Aunque Gaudí no inició el proyecto, fue quien lo retomó y lo transformó
desde su fe, su imaginación y su comprensión de la naturaleza. En la larga
demora han incidido factores económicos y sociales, pero también la complejidad
de una obra donde nada parece accesorio. Todo está pensado: la fachada del
Nacimiento recibe la luz del amanecer; la de la Pasión mira hacia el poniente,
donde muere el día. La arquitectura se vuelve relato.
La cantidad de detalles es tan grande que resulta imposible agotarla en una
visita de una sola jornada. Hay que mirar sus formas circulares, sus simetrías,
sus columnas arborescentes, sus animales, frutos, superficies y figuras
orgánicas. En la Sagrada Familia, la naturaleza no funciona sólo como adorno:
es una forma de pensar la creación. También importa la luz, filtrada por
vitrales que convierten el interior en un espacio cambiante, casi vivo.
Para entender mejor la magnitud de esta obra puede leerse La Sagrada Familia. El paraíso terrenal de Gaudí, de Gijs van Hensbergen. No es un manual técnico ni una guía turística, sino la biografía cultural de un edificio: cuenta cómo una iglesia iniciada bajo otro arquitecto terminó convertida, por la imaginación de Gaudí, en una síntesis de fe, naturaleza, geometría, artesanía y resistencia histórica. El libro ayuda a mirar la basílica no sólo como una maravilla visual, sino como una obra atravesada por conflictos, interrupciones, devociones populares, disputas estéticas y preguntas todavía abiertas sobre la fidelidad a una visión original.
La página oficial de la Basílica de la Sagrada Familia invita a seguir la ceremonia en vivo a través de sus plataformas digitales. Vale la pena hacerlo, si es posible. No todos los días se presencia un momento así: una obra que parecía condenada a permanecer inconclusa alcanza, al menos, su cima simbólica.
El impacto cultural de la Sagrada Familia es tal que inclusoLEGO lanzará una edición conmemorativa: una réplica de más de 12 mil piezas,disponible a partir del 1 de noviembre. El dato confirma algo: la obra de
Gaudí ya no pertenece sólo a Barcelona ni a la historia de la arquitectura.
Forma parte del imaginario global. Y, aun así, después de 144 años, conserva
intacta una rareza: todavía parece una obra en estado de revelación.


