Mientras Irán presume fortaleza ante el mundo, en su interior persigue a mujeres, cineastas y artistas que se niegan a renunciar a la libertad.
DAVID TOVILLA
Apenas
comenzó a circular la noticia de un acuerdo de paz entre Irán y Estados Unidos,
y ni siquiera se había firmado, cuando el régimen iraní se encargó de
recordarle al mundo cuál es su verdadera naturaleza.
No
necesitó misiles para demostrarlo. Condenó a una artista a 74
latigazos por cantar sin velo. Parastoo Ahmadi fue castigada por desafiar las estrictas
normas que regulan la vida de las mujeres en Irán.
El
caso confirma que, detrás de las negociaciones diplomáticas y los discursos
geopolíticos, subsiste un régimen que persigue la libertad de expresión y
castiga cualquier forma de disidencia.
No es
casualidad que muchas de sus víctimas pertenezcan al mundo del arte.
La
semana pasada trascendió otro episodio revelador: la ratificación de la condena
contra el cineasta Jafar Panahi, ganador de la Palma de Oro en Cannes 2025, por la película
Un simple accidente. Durante años, Panahi ha sufrido persecución por
filmar historias que muestran las contradicciones de la sociedad iraní, por
negarse a guardar silencio y por defender la idea de que el cine puede ser un
espacio de resistencia.
Algo
semejante ocurrió con Mohammad Rasoulof, otro creador
perseguido por las autoridades de su país. Sus películas denuncian la arbitrariedad del poder y la
violencia institucional, razón suficiente para convertirlo en enemigo del
régimen. En 2024, su cinta La semilla de la higuera sagrada obtuvo un
Premio Especial en el Festival de Cine de Cannes.
No
son casos distintos. Son capítulos de una misma historia: la de un poder que teme
al arte porque posee una fuerza que las armas no pueden neutralizar.
Estos
hechos coinciden con otra pérdida que conmocionó al mundo de la cultura: la muerte de Marjane Satrapi, el
4 de junio. Su
desaparición volvió a poner en primer plano el valor de una obra que convirtió
la experiencia de millones de iraníes en una historia universal de resistencia.
Su novela gráfica y posterior
adaptación cinematográfica, Persépolis, mostraron al mundo el rostro
íntimo de la revolución iraní: el miedo, la pérdida de libertades, la
imposición religiosa y la resistencia cotidiana de quienes se niegan a
renunciar a su identidad. Décadas antes de que la represión iraní volviera a
ocupar los titulares, Satrapi mostró una de las grandes tragedias de la
historia: que algunas revoluciones nacen con la promesa de liberar a los
pueblos y terminan por construir nuevas formas de opresión.
La
misma lucha representa Narges Mohammadi, Premio Nobel de la Paz y encarcelada
durante años por exigir derechos elementales para las mujeres iraníes. Su calvario se ha documentado en
este blog
porque no pertenece solo a Irán: es la historia universal de quienes pagan con
su libertad el atrevimiento de defender la dignidad humana.
El
escenario que emerge tras el acuerdo entre Irán y Estados Unidos es
preocupante. Mientras el régimen iraní presume haber resistido la presión
internacional, en el interior del país la realidad parece otra: más vigilancia
y represión, menos libertades.
Las
protestas de los últimos años dejaron una estela de muertos, encarcelados y
perseguidos. Ahora, bajo el argumento de la seguridad nacional y la amenaza
externa, el gobierno parece haber encontrado nuevas justificaciones para
endurecer todavía más el control social.
Contrario
a lo que sostiene Donald Trump, una de las mayores victorias políticas del
régimen iraní consiste en haber salido fortalecido del conflicto y consolidar
un modelo basado en el miedo.
Pero
la historia también enseña otra cosa. Los verdugos cambian de nombre. Los
imperios terminan por caer. Los gobiernos autoritarios pasan. Sin embargo, las
películas permanecen. Los libros siguen vivos. Las canciones vuelven a
escucharse.
Quizá
por eso Irán teme a sus artistas.
Pero
hay una verdad que permanece: las dictaduras encarcelan a las personas.
Jamás
han conseguido encarcelar una idea.
