Cuba, Obama, Monsiváis, Rius

Fotografía: Anton

 David Tovilla


Cuando algunos nacimos, el embargo a Cuba ya existía. Desde entonces han pasado generaciones, gobiernos y entusiasmos ideológicos. El embargo, en cambio, permaneció.

    Por eso la declaración de la Casa Blanca del 17 de diciembre causó pasmo: “Su efecto ha sido prácticamente nulo: en la actualidad Cuba está gobernada por los hermanos Castro y el Partido Comunista, igual que en 1961”. La frase admite lecturas diversas, pero una conclusión resulta difícil de eludir: algo había cambiado.

    Se equivocan quienes reprochan a Barack Obama su decisión de desmontar el embargo. En más de medio siglo, la medida terminó funcionando como uno de los mejores argumentos del autoritarismo cubano, un recurso permanente para justificar restricciones y fracasos bajo el nombre, cada vez más gastado, de Revolución Cubana.

    Con el paso de los años, la revolución cubana dejó de ser una promesa para convertirse en un problema intelectual para buena parte de la izquierda latinoamericana. Admirada en su origen como una gesta emancipadora, terminó obligando a muchos de sus antiguos simpatizantes a revisar, matizar o abandonar sus entusiasmos. Entre los pensadores mexicanos, uno de los distanciamientos más significativos fue el de Carlos Monsiváis.

    En febrero de 1999, la revista Letras Libres pidió al escritor un apunte sobre su diario político. El texto, aún disponible en el portal de la publicación, registra con minuciosidad el desencuentro del cronista con las decisiones del régimen fidelista.

    Tras recordar sus experiencias personales —entre ellas su participación en encuentros de intelectuales en la isla— Monsiváis concluye con una dureza poco frecuente en quienes habían simpatizado con la revolución:

    “Hoy, según creo, la Revolución Cubana es otra más de las grandes esperanzas ahogadas por la mentalidad totalitaria, la hazaña burocratizada y represiva, el intento socialista que va a morir a las playas del mercado libre.

    Su derrota no significa el aniquilamiento de los ideales de justicia social, pero sí el fin de cualquier ilusión en el poder liberador de un solo hombre. Si las soluciones posibles sólo les corresponden a los cubanos, las alternativas aún son débiles. Castro aún mantiene el control militar y la adhesión forzosa que, según sus partidarios, es en gran medida voluntaria. (¿Y qué es lo “voluntario” en una dictadura?)

    La sociedad se ha resquebrajado, se padece la más drástica economía de sobrevivencia (dolarizada), la prostitución masificada es otro de los nombres de la desesperación, la educación y la política de salud se desmoronan. Lo que persiste es un pueblo extraordinario que sobrevivirá al castrismo y al caos que lo suceda”.

    Monsiváis no fue el único. Con el paso de los años, buena parte de la izquierda cultural latinoamericana tuvo que revisar su entusiasmo inicial por la revolución cubana.

Otro viraje significativo fue el de quien durante décadas fungió como el “educador político del pueblo mexicano”: el caricaturista Rius.En 1965 publicó Cuba para principiantes, un libro que explicaba la revolución y el socialismo con entusiasmo pedagógico.

    Casi treinta años después, Eduardo del Río sintió la necesidad de rectificar. El nuevo libro no dejaba lugar a dudas desde el título: Lástima de Cuba. El grandioso fracaso de los hermanos Castro.

    Rius resumía el problema cubano en dos dimensiones inseparables: una económica, la de un país en quiebra, y otra política, la de un país sin libertades. Reconocía que el capitalismo tampoco resolvía automáticamente esas carencias, pero añadía una observación demoledora: “es obvio que no, sobre todo esa caricatura de socialismo que escogió Fidel”.

    El libro sigue reeditándose en versiones de bolsillo y permanece como testimonio de una desilusión compartida por buena parte de la izquierda latinoamericana.

    En ese contexto, las medidas económicas anunciadas por la administración Obama comenzaron a desmontar —más en la práctica que en la ley— el muro económico que durante décadas terminó convirtiéndose en un aliado involuntario de la permanencia del régimen cubano. El embargo nació para acabar con la revolución cubana. Medio siglo después, lo único que sabemos es que la revolución sobrevivió… y el embargo también.

...