La obra de Ángel Luna convierte la madera en una experiencia sensorial y poética: un cuerpo femenino que trasciende la forma para explorar deseo, materia y percepción en el arte contemporáneo.
DAVID TOVILLA
Dejó el entorno del creador y, ahora, es de todos. Pero no del mundo: de quienes tienen el privilegio de verla. Ángel Luna debe estar satisfecho porque en el contacto de cada mirada se desarrolla ese instante poético que supo dejar en esa feminidad. Sus pechos rebosantes de perfecta combinación con el hueco de la mano. Los pezones erguidos naturales, como son en la realidad, en un cuerpo expuesto y en preludio. Los brazos en alto para permitir su lucimiento con esplendor. Senos cautivadores por su autenticidad. La madera es un medio para exponer una emoción, un caudal, una razón de proceder.
Una pieza, un torso. Muchas asociaciones. Ninguna indiferencia. No puede haber, porque es “ella”. Imposible decirlo en palabras diferentes a las de Luis Cardoza y Aragón: “Porque en una sola mujer a todas las mujeres amamos/ porque toda la vida un solo poema escribimos/ porque en todas las mujeres sólo a una mujer amamos/ porque sólo una vez sólo una vez sólo una vez vivimos.”
La pieza de Ángel Luna tiene el don de constituirse en un verbo activo. Es un cuerpo que conmueve, deleita, instruye. Los senos son ostentosos. El abdomen no es el estereotipo actual: es más fidedigno al común. Sexo, muslos, nalgas con una tersura especial. Madera transformada, humanizada, permutada. Un cuerpo que, también, se vive, goza, apasiona. Una entidad que propicia y llama a la comunión. Unas proporciones envidia de sus homólogas. Un centro que atrae, abstrae, seduce. Un cuerpo que como todos: es la vida; en consecuencia: es todo.
