La figura de Cuauhtémoc Cárdenas marcó el tránsito democrático de finales del siglo XX en México, pero su evolución posterior abre un debate sobre el peso del liderazgo moral y el silencio en la vida pública contemporánea.
DAVID TOVILLA
(Actualización: 2025)
Y ocurrió tal como lo previó el mayor intelectual mexicano. La ruptura provocada por Cárdenas llevó a tener en el país las primeras elecciones presidenciales competidas, en 1988. Aunque la candidatura de Cuauhtémoc desembocó en una verdadera insurgencia electoral, prefirió canalizar los ánimos sociales hacia un partido político.
La idea de Cárdenas era fundar el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en todos los aspectos. Buscaron hacer asambleas en el país para reunir el número de ciudadanos que permitieran articular un nuevo partido. Algo ocurrió que no se logró y tuvieron que cambiar de nombre a un partido existente: el Partido Mexicano Socialista. Es decir, el PMS sólo cambió su denominación a PRD.
Veinticinco años después, Cuauhtémoc Cárdenas ha renunciado. Se ha querido equiparar tal renuncia con otras que han ocurrido en ese tiempo, pero no se compara con ninguna por las significaciones. Cualquier ejercicio de lo que el personaje es y no, marca la diferencia cualitativa. Cuauhtémoc es él y el bagaje histórico que le acompaña aún sin partido político.
El conocimiento de la historia es básico para emitir cualquier juicio fundamentado. A lo largo de 2014, Cuauhtémoc planteó asuntos de fondo. Esos que ya, en mayo de 1993, otro fundador del PRD: Heberto Castillo, expuso en la revista Proceso: “Durante muchos meses se insistió en que el PRD era un partido de ciudadanos y no de tendencias. Se afirmo que en él no se reconocían cuotas de poder a las organizaciones que le habían dado vida, pero en la práctica se repartían posiciones atendiendo a esas corrientes. Quien no participa en una corriente o tendencia, carece de fuerza real dentro del partido. Numerosos intelectuales y artistas simpatizan desde fuera del partido porque dentro no tienen campo de acción. La estructura del PRD es hasta ahora muy vertical, muy presidencialista. No es la mejor para alcanzar la democracia en México. Nuestro partido ha actuado más como instrumento electoral de unos pocos para alcanzar posiciones políticas que para servir de instrumento de lucha del pueblo”. Una franquicia calificó, ahora, Cuauhtémoc y se fue…
El conocimiento de la historia es básico para emitir cualquier juicio fundamentado. A lo largo de 2014, Cuauhtémoc planteó asuntos de fondo. Esos que ya, en mayo de 1993, otro fundador del PRD: Heberto Castillo, expuso en la revista Proceso: “Durante muchos meses se insistió en que el PRD era un partido de ciudadanos y no de tendencias. Se afirmo que en él no se reconocían cuotas de poder a las organizaciones que le habían dado vida, pero en la práctica se repartían posiciones atendiendo a esas corrientes. Quien no participa en una corriente o tendencia, carece de fuerza real dentro del partido. Numerosos intelectuales y artistas simpatizan desde fuera del partido porque dentro no tienen campo de acción. La estructura del PRD es hasta ahora muy vertical, muy presidencialista. No es la mejor para alcanzar la democracia en México. Nuestro partido ha actuado más como instrumento electoral de unos pocos para alcanzar posiciones políticas que para servir de instrumento de lucha del pueblo”. Una franquicia calificó, ahora, Cuauhtémoc y se fue…
Pasaron los años.
En agosto de 2025, la periodista Azucena Uresti escribió una columna en El Universal. Un texto como ningún otro para documentar la posterior actuación del político michoacano. Su título es revelador: Mi decepción por Cuauhtémoc Cárdenas, desde que optó por el silencio:
Durante años, Cuauhtémoc Cárdenas fue un símbolo. No solo por ser hijo del general que nacionalizó el petróleo, sino por construir, desde las ruinas del viejo PRI, una nueva esperanza para millones de mexicanos. El ingeniero representó la posibilidad de una izquierda moderna, congruente, ética. Fue el rostro de la transición, el abanderado de una causa que entonces parecía imposible: derrotar al sistema desde las urnas.
Muchos crecimos admirando su serenidad firme, su decoro institucional y su negativa a corromperse en medio de la selva política nacional. Fue, para nuestra generación, una brújula moral. En sus gestos y palabras encontrábamos el temple que parecía hacer falta entre tanto ruido y confrontación. Su derrota en 1988 —aquel fraude inconfesable— fue también nuestra herida. Lo vimos luchar, resistir, construir. Y luego… callar.
Porque la mayor decepción no llegó cuando perdió una elección, sino cuando eligió no incomodar. Cuauhtémoc Cárdenas, aquel que supo enfrentar al régimen más autoritario del siglo XX mexicano, simplemente optó por el silencio en el siglo XXI. Y no cualquier silencio: uno calculado, casi reverencial, frente al nuevo poder representado por Andrés Manuel López Obrador.
¿Dónde estuvo el ingeniero mientras la democracia se erosionaba? ¿Dónde quedó su palabra cuando la concentración de poder alcanzó niveles peligrosos, cuando la polarización sustituía al diálogo, cuando el nuevo caudillismo arrasaba con instituciones que él ayudó a construir?
Apenas un susurro. Una crítica tibia. Una entrevista ocasional. Una presencia sin peso. Y, sobre todo, una ausencia dolorosa.
Porque la figura moral de la izquierda —esa que acompañó marchas, que fundó el PRD, que dio cátedra de congruencia— no solo desapareció del debate público, sino que también renunció a inspirar. Y esa, quizá, sea la traición más honda: no al país, no a la izquierda, sino a quienes crecimos creyendo que la coherencia podía sostenerse más allá del poder.
Hoy es imposible no volver la mirada a Cuauhtémoc Cárdenas. No por nostalgia, sino por desencanto. Porque él pudo ser la voz serena que recordara principios, que hablara desde la experiencia, que cuidara el legado de décadas de lucha.
Pero eligió el silencio. Y su silencio —tan denso, tan ensordecedor— nos dejó con un palmo de narices.
Nosotros, los que alguna vez lo admiramos, no esperábamos que encabezara una rebelión. Solo queríamos escuchar que seguía ahí. Firme. Íntegro. Coherente. Inspirando.
Su experiencia hoy sería vital para dar luz a la reforma electoral. Su crítica y su propuesta, como contrapeso a los morenistas que se han atrincherado en la sordera, darían espacio para el diálogo, la inclusión y el respeto. Tal vez aún haya algo en Cuauhtémoc Cárdenas más allá de su nombre.
