‘Hamnet’ de Maggie O’Farrell


DAVID TOVILLA

La adaptación cinematográfica de Hamnet, dirigida por Chloé Zhao, se instaló en el centro de la conversación: compite este año entre las diez nominadas al Óscar a Mejor Película y suma ocho candidaturas en total. En el rubro actoral, su apuesta más visible es Jessie Buckley, nominada a Mejor Actriz; llega a la recta final como favorita en no pocas predicciones, con ese tipo de papel que el cine premia cuando la emoción no se declama: vive en la escena.

La cinta nace de la novela Hamnet, publicada en 2020, y la propia autora, Maggie O’Farrell, participó como coguionista. Pero conviene acercarse a las dos obras como productos distintos: la película dispone de recursos inmediatos para guiar al espectador hasta el puerto que desea; la novela, en cambio, abre un territorio menos dirigido, que estimula las asociaciones del lector y amplía el universo al que se acude.

Lo deseable es que el filme funcione como umbral: que quien salga conmovido de la sala entre, sin prisa, al libro y se adentre en una experiencia literaria que, desde decisiones, acciones y actitudes, construye la complejidad, diversidad y profundidad de lo humano.

Se trata de una ficción. A menudo se carga el sentido en la conexión con datos sueltos de la vida de William Shakespeare: la existencia de un hijo llamado Hamnet y su muerte a los once años. Pero eso es la anécdota, no la esencia. Tanto, que en el libro el personaje aludido no se inviste con el peso de un nombre completo: apenas es Will, como si la novela le negara el monumento para devolverlo al hombre. Cuando aparece, lo que más se registra de él es la ausencia.

Maggie O’Farrell dedica una parte sustancial a perfilar el personaje femenino: una mujer afirmada por sus decisiones. Alguien distinta, conectada con la naturaleza y con una espiritualidad propia; rara —incomprensible— para muchos que preferirían llamarla bruja, cuando en realidad lo que hay es otra forma de conocimiento: atención al entorno natural, lectura fina de lo que los demás no nombran. Además, cierto don para percibir rasgos de las personas con el toque de las manos: intuición, sensibilidad, experiencia.

Es alguien capaz de confeccionar su propia historia para casarse y tener hijos; y también de concebir y gestionar la partida de su esposo a la gran ciudad, como una forma de aliviar —o al menos desplazar— el ahogo emocional e intelectual que impone la rutina de una aldea. Esa grandeza es proporcional al derrumbe que provoca la pérdida de un hijo. Y, lejos de desmentirla, completa el cuadro: la vuelve vulnerable como cualquier ser humano ante ese golpe, expuesta a las preguntas de la culpa, al abandono de sí misma, a la búsqueda casi física de quien ya sólo puede existir como espíritu.

O’Farrell escribe con un estilo que aparenta sencillez —como si contara sin mayores pretensiones—, pero en realidad está construido para envolver: atrapa, sostiene el pulso y empuja a no soltar la lectura.

Su gran virtud es hacer pasar por natural lo que está armado con precisión: el ritmo, el modo en que el tiempo va y viene, como va y viene la memoria tras una pérdida. Hay momentos cruciales que la narración deja fuera y, justo por eso, pesan más: el lector completa y, al completar, se compromete en el plano emocional. Esa estrategia apunta a un objetivo mayor: la novela no persigue el brillo del dato biográfico, sino la verdad del duelo. Y la alcanza sin subrayados: la vuelve cuerpo.

Leer Hamnet y ver su adaptación cinematográfica es un mismo gesto en dos lenguajes. El orden no importa: no se corrigen ni se sustituyen; se acompañan. La novela de Maggie O’Farrell abre un territorio interior donde el duelo se piensa y se respira; la película lo condensa en imagen, ritmo y atmósfera. Ambas comparten una intuición: la pérdida no termina, se transforma. Por eso conviene acudir a las dos obras: para entender que, cuando una historia es verdadera en su emoción, puede ser distinta en su forma sin dejar de doler —y de iluminar—.