La cinta nace de la novela Hamnet, publicada en
2020, y la propia autora, Maggie O’Farrell, participó como coguionista. Pero
conviene acercarse a las dos obras como productos distintos: la película
dispone de recursos inmediatos para guiar al espectador hasta el puerto que
desea; la novela, en cambio, abre un territorio menos dirigido, que estimula
las asociaciones del lector y amplía el universo al que se acude.
Lo deseable es que el filme funcione como umbral: que quien
salga conmovido de la sala entre, sin prisa, al libro y se adentre en una
experiencia literaria que, desde decisiones, acciones y actitudes, construye la
complejidad, diversidad y profundidad de lo humano.
Se trata de una ficción. A menudo se carga el sentido en la
conexión con datos sueltos de la vida de William Shakespeare: la existencia de
un hijo llamado Hamnet y su muerte a los once años. Pero eso es la anécdota, no
la esencia. Tanto, que en el libro el personaje aludido no se inviste con el
peso de un nombre completo: apenas es Will, como si la novela le negara el
monumento para devolverlo al hombre. Cuando aparece, lo que más se registra de
él es la ausencia.
Maggie O’Farrell dedica una parte sustancial a perfilar el
personaje femenino: una mujer afirmada por sus decisiones. Alguien distinta,
conectada con la naturaleza y con una espiritualidad propia; rara
—incomprensible— para muchos que preferirían llamarla bruja, cuando en realidad
lo que hay es otra forma de conocimiento: atención al entorno natural, lectura
fina de lo que los demás no nombran. Además, cierto don para percibir rasgos de
las personas con el toque de las manos: intuición, sensibilidad, experiencia.
Es alguien capaz de confeccionar su propia historia para
casarse y tener hijos; y también de concebir y gestionar la partida de su
esposo a la gran ciudad, como una forma de aliviar —o al menos desplazar— el
ahogo emocional e intelectual que impone la rutina de una aldea. Esa grandeza
es proporcional al derrumbe que provoca la pérdida de un hijo. Y, lejos de
desmentirla, completa el cuadro: la vuelve vulnerable como cualquier ser humano
ante ese golpe, expuesta a las preguntas de la culpa, al abandono de sí misma,
a la búsqueda casi física de quien ya sólo puede existir como espíritu.
O’Farrell escribe con un estilo que aparenta sencillez
—como si contara sin mayores pretensiones—, pero en realidad está construido
para envolver: atrapa, sostiene el pulso y empuja a no soltar la lectura.
Su gran virtud es hacer pasar por natural lo que está
armado con precisión: el ritmo, el modo en que el tiempo va y viene, como va y
viene la memoria tras una pérdida. Hay momentos cruciales que la narración deja
fuera y, justo por eso, pesan más: el lector completa y, al completar, se
compromete en el plano emocional. Esa estrategia apunta a un objetivo mayor: la
novela no persigue el brillo del dato biográfico, sino la verdad del duelo. Y
la alcanza sin subrayados: la vuelve cuerpo.
Leer Hamnet y ver su adaptación cinematográfica es
un mismo gesto en dos lenguajes. El orden no importa: no se corrigen ni se
sustituyen; se acompañan. La novela de Maggie O’Farrell abre un territorio
interior donde el duelo se piensa y se respira; la película lo condensa en
imagen, ritmo y atmósfera. Ambas comparten una intuición: la pérdida no
termina, se transforma. Por eso conviene acudir a las dos obras: para entender
que, cuando una historia es verdadera en su emoción, puede ser distinta en su
forma sin dejar de doler —y de iluminar—.

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