DAVID TOVILLA
Cuando la tragedia de las desapariciones amenaza con volverse rutina y
borrarse de la agenda pública, importa subrayar los trabajos que devuelven al
primer plano la indignación, el dolor y la metamorfosis de las familias: su
tenacidad y su esperanza. En ese registro, Raíz que no desaparece, de
Alma Delia Murillo, ofrece un compendio novelado de lo que la ausencia impone
en la vida de quienes buscan.
El texto de Murillo queda como testimonio: sensible con las víctimas y
valiente frente a un Estado que mira hacia otro lado. Permanece como una vela
en la noche: una luz que insiste contra la impunidad, el silencio y la apatía.
Alma Delia Murillo recupera la figura de la madre buscadora en un México
donde las desapariciones ya son una crisis y, aun así, las instituciones se
resisten a verla y atenderla en su verdadera dimensión.
Su escritura sacude al lector y le recuerda lo esencial: se trata de
seres humanos, tanto de quienes no están como de quienes se quedan. A unos y
otros los atraviesa esa pausa dolorosa que marca un antes y un después, porque
nada vuelve a ser igual.
Así, la tragedia de las desapariciones se expande: son cientos de miles
quienes faltan, pero son muchos más quienes cargan el golpe, porque detrás de
cada ausencia hay familias enteras impactadas, lastimadas, deterioradas.
Las
palabras de Alma Delia Murillo son necesarias y apremiantes para señalar una
contrariedad que deja sin aire: «Tú también, ese también es la
más incluyente de las políticas sociales de este país porque sí, a estas
alturas cualquiera podríamos tener un desaparecido. Tú también. Tienes un
desaparecido. Tener. La magnitud de esa contradicción me sacude el pensamiento
y todo lo que hasta ahora articulaba como lenguaje de posesión sale volando.
Porque en este caso tener es no tener, tener un desaparecido es no tener un
cuerpo, no tener una certeza, no tener un muerto».
Su
contundencia se corresponde con la barbarie hecha realidad: «Las
fosas clandestinas son la parte visible de la fosa de desinformación en la que
vive este país, el ocultamiento es insondable. Siento cómo se tensan mis
músculos al pensar que quizá nadie sepa nunca verdad alguna sobre este
exterminio mexicano».
De ahí se desprenden preguntas que ya son compartidas: «¿Por qué en
nuestro país no podemos pensar también en esto como una emergencia
humanitaria?». La respuesta llega desde la convicción —y de la urgencia—: «La
única posibilidad de que esto cambie está en no olvidar. No olvidar y nombrar».
El libro acumula, además, apuntes irrefutables que fijan el tamaño de la
catástrofe y su avance: «Hace siete años hablábamos de treinta mil
desaparecidos y hoy son más de cien mil, hace menos de veinte años se podía
circular con relativa confianza por las carreteras de este país y hoy ubicamos
como zonas rojas más de quince estados de la república, los tres o cuatro
cárteles que había se convirtieron en quince o más con presencia y operaciones
en absolutamente todo México. Hay personas desaparecidas en el setenta y cinco
por ciento del territorio mexicano. A este ritmo, ¿cuánto falta para que la
crisis de desaparecidos deje de ser considerada marginal y se instale en el
centro de la existencia de todos nosotros?».
Cada
tanto, las oraciones sacuden y aspiran a arrancar al lector de la distancia —o
de la comodidad—: «En Hiroshima y Nagasaki murieron alrededor de 210 mil
personas, casi el mismo número de hombres y mujeres asesinados durante el
último sexenio en este país».
En suma, Raíz que no desaparece vuelve tangible el gran tema de los desaparecidos y se constituye
en un poderoso dispositivo de conciencia: no busca adornar la tragedia, sino
nombrarla; no consuela, incomoda; no clausura, abre preguntas y obliga a mirar
un país donde todo ocurre y nada se resuelve. Un país donde sólo el poder puede
permitirse olvidar —porque reduce las desapariciones a cifras administrables—,
mientras las familias no olvidan: habitan una pena permanente, una herida que
no cierra. Una raíz que no desaparece, como bien dice la escritora.

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