DAVID TOVILLA
Febrero cerró con la
pasarela de Gucci en Milán, en el marco de la Semana de la Moda. La expectativa
era alta: debutaba al frente de la casa italiana el diseñador Demna.
El creador no sólo
cumplió; articuló un mensaje nítido. La colección proyectó solidez de marca y
una propuesta de vestimenta para el uso cotidiano, sin renunciar al gesto
conceptual. En esa lógica apareció Kate Moss con un ingrediente visual cargado
de historia: la tanga visible con el logotipo de las G entrelazadas.
Moss avanzó con un
vestido negro salpicado de destellos. Ni amplio ni ceñido: en equilibrio. El
frente, contenido; los costados, abiertos. Una espalda desnuda cuya línea
inferior se interrumpe con los hilos de la legendaria G-string.
El fetiche inundó
portales y redes. Pero hubo algo más. Emily Ratajkowski desfiló también para
Gucci con un minivestido ceñido y, poco después, publicó imágenes que muestran
una marca de bronceado con la silueta de la G-string de la casa. No
existe una fotografía de pasarela que confirme que llevara la tanga visible
durante el desfile. Sin embargo, sus imágenes prolongan el gesto: una variación
del mismo acto visual.
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| Ig de Emily Ratajkowski |
En su cuerpo se
advierte el rastro del sol. La prenda no está. Sí estuvo, pero se retiró y su
huella permanece. Es sin ser. La tanga deja de ser objeto y se convierte en
inscripción. El logotipo aparece como tatuaje solar, casi suspendido. El lujo
ya no se lleva: se proyecta.
Ahí se revela la
maniobra más elocuente. Demna introdujo un elemento mínimo capaz de activar una
conversación sobre cuerpo, memoria y lujo contemporáneo. La tanga con el interlocking-G
ya no es lencería: es símbolo persistente, emblema que atraviesa generaciones y
regresa para recordar que la moda es también memoria corporal.
Ratajkowski, quien ha
hecho del control de la propia imagen un territorio político y cultural —como
expone en su libro Mi cuerpo, ya comentado en este espacio—, desplaza el gesto original. No replica la pasarela: la absorbe.
Convierte el símbolo en extensión de su propio discurso visual.
Tal vez ahí radique la
potencia de este hilo visible. No en la cantidad de piel expuesta, sino en la
historia que esa línea convoca. Un trazo mínimo que sostiene décadas de
imaginarios: erotismo, poder, logotipo, mirada. La pasarela lo recupera; la
pantalla lo reinscribe.
A veces basta un trazo
casi invisible para recordar que la moda es cultura: una forma de pensamiento
que el cuerpo vuelve visible.



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