DAVID TOVILLA
A finales de 2025, HBO estrenó la miniserie Merteuil. Hay personajes que no regresan: se encarnan. Cuando eso ocurre, la ficción deja de ser artificio y se convierte en presencia. Así sucede con esta adaptación libre del universo de Las amistades peligrosas de Pierre Choderlos de Laclos.
El mito ha conocido múltiples traslaciones audiovisuales. El referente más
célebre es Relaciones peligrosas (1988),
dirigida por Stephen Frears y sostenida por un reparto de primera línea: John
Malkovich, Glenn Close, Michelle Pfeiffer, Uma Thurman y Keanu Reeves. Aquella
versión apostaba por la elegancia venenosa del diálogo, por la sofisticación
como máscara del cálculo, por la perversidad envuelta en seda.
La nueva lectura elige otro camino. No compite con esa solemnidad ni replica
su clasicismo. Se instala en el presente y dialoga con él. Despoja al mito de
su rigidez aristocrática y lo somete a una interpretación emocional y política.
El eje ya no es únicamente el duelo de ingenios entre libertinos, sino la
construcción de una mujer que aprende a ejercer poder en un mundo que la reduce
a objeto de deseo. La serie articula una reflexión incisiva sobre el amor y el
poder: el amor como campo de batalla simbólico; el poder como negociación entre
deseo, orgullo y vulnerabilidad.
En esta versión, la marquesa no se limita a ser la estratega fría que
manipula hilos invisibles. Es una mujer que decide afirmarse en lugar de
sufrir. No acepta el papel de víctima ni el destino de la humillación
romántica. Si el mundo la hiere, responde con inteligencia. Si la traicionan,
transforma la herida en cálculo. Esa elección —afirmarse— constituye el gesto
verdaderamente contemporáneo de la propuesta.
Anamaria Vartolomei encarna a esta nueva Merteuil con una inteligencia
interpretativa poco común. Hay actrices que interpretan; otras construyen
atmósfera. Vartolomei pertenece a esta última estirpe. Su trabajo es minucioso,
casi coreográfico. Cada gesto parece medido y, aun así, vibra con naturalidad
inquietante. Sus silencios pesan más que cualquier parlamento. La cámara la
busca; cuando no aparece en cuadro, su ausencia se percibe.
La marquesa de 2025 no se define por la maldad ni por el capricho, sino por
la conciencia. Cada mirada establece jerarquía. Cada silencio implica decisión.
Hay en su actuación una precisión casi matemática y, al mismo tiempo, una
vibración íntima que seduce sin necesidad de subrayados.
La iniciación de la joven marquesa en el mundo libertino recae en Madame de
Rosemonde, interpretada por Diane Kruger. Mentora, cómplice y catalizadora, su
presencia introduce una dimensión clave: el poder también se transmite, se
enseña y se aprende. En esa relación se concentra buena parte del discurso de
la serie sobre la herencia simbólica del dominio.
Al final, lo que permanece no es tanto la intriga como la impresión física de esa presencia: unos ojos que parecen prometer y advertir al mismo tiempo; una media sonrisa cuya intención nunca resulta del todo descifrable; la manera en que ocupa el espacio, como si cada habitación prolongara su voluntad. Su forma de seducir seduce al espectador.
Hay otro elemento decisivo: la música. La banda sonora original, compuesta
por Delfín Malaucena con arreglos de Nicolás Dupot, posee identidad propia. No
acompaña: envuelve. Sus motivos despliegan una tensión elegante que dialoga con
las miradas de la protagonista y amplifica su misterio. El soundtrack admite
escucha autónoma y conserva magnetismo fuera de la imagen.
La serie plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una mujer decide
no padecer el amor sino administrarlo? La respuesta no busca complacencia.
Expone el costo emocional del poder y, al mismo tiempo, su lucidez. En lugar de
martirio, estrategia. En lugar de resignación, afirmación.
Los mitos no envejecen: mudan de piel. Esta miniserie ofrece una lectura
propia y necesaria. Cuando la pantalla se apaga, permanecen dos huellas: una
mirada y una música. En el mismo momento en que el cine vuelve a exaltar la
épica de la pasión desbordada con Cumbres borrascosas,
Merteuil se inclina por la inteligencia del
sentimiento. No niega el amor: lo examina. No glorifica la herida: la convierte
en aprendizaje. En esa lucidez encuentra su forma de modernidad.


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