Cuatro años han transcurrido desde la invasión abierta de Rusia contra Ucrania. La devastación de ciudades e infraestructura, así como la muerte de miles de civiles, configuran un costo descomunal: el precio de resistir la embestida de una potencia militar.
La cronología suele fijarse en el 24 de febrero de 2022, fecha de la ofensiva a gran escala. Sin embargo, la agresión comenzó en abril de 2014, cuando fuerzas rusas sin insignias —junto con milicias y mercenarios respaldados por Moscú— ocuparon territorio ucraniano en las regiones de Donetsk y Lugansk, en el Donbás. Allí se abrió un frente que nunca se cerró y que anticipó la expansión posterior del conflicto.
Hasta hoy, Rusia sostiene que sus objetivos iniciales permanecen intactos. En términos concretos, esos objetivos se traducen en la apropiación de territorio ucraniano. Moscú acude a conversaciones diplomáticas que funcionan más como escenografía que como voluntad real de desescalada. No existe, al menos hasta ahora, disposición a conceder una tregua a una población exhausta. Mientras ocupa un lugar en la mesa, incrementa la intensidad del fuego en el frente y sobre centros urbanos.
Para desventura de
Ucrania, el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos ha
introducido un factor adicional de presión, dirigido con mayor énfasis hacia el
país agredido que hacia el agresor. En distintos momentos se ha señalado que la
agenda de Washington parece alinearse con los intereses del Kremlin, en la
medida en que plantea como salida la cesión de territorio ucraniano como
condición para poner fin a la guerra.
La asimetría resulta
evidente: se exige concesión a quien resiste, no a quien invadió. El desenlace
permanece incierto. El origen, en cambio, resulta inequívoco: una decisión de
poder destinada a someter a un país soberano mediante la fuerza.
En un mundo donde la
vehemencia para denunciar agresiones depende de alianzas, simpatías o intereses
económicos —y no del respeto al derecho internacional, la razón y la ética—, la
condena pierde coherencia y la justicia se vuelve selectiva. Allí radica uno de
los riesgos mayores de este conflicto: no solo la devastación material de un
país, sino la erosión del principio mismo que debería protegerlo.
Frente a la impunidad
de un desorden internacional incapaz de contener al agresor, permanece la
memoria. Esa persistencia insiste en señalar el terror como método de Vladimir
Putin para avasallar y eliminar a sus adversarios.
En días recientes se
conocieron nuevos indicios sobre la muerte del opositor Alexéi Navalni,
fallecido en una colonia penal rusa. Investigaciones independientes apuntan a
un posible envenenamiento con una sustancia de origen biológico. La sospecha no
resulta ajena a un historial que incluye intentos previos de asesinato contra
el propio Navalni.
Su viuda, Yulia
Navalnaya, lo expresó con sobriedad devastadora: la verdad se ha conocido; la
justicia permanece en suspenso. En esa distancia entre verdad y justicia se
cifra también la dimensión moral de esta época. Allí, donde la justicia se
retrasa, el testimonio se convierte en deber.
En esa tarea ha
resultado fundamental el trabajo de Mstyslav Chernov. Primero, con el
documental 20 días en Mariupol, obra que obtuvo el Óscar en 2024 al
mejor largometraje documental. La película reconstruye, con imágenes
registradas en condiciones extremas, el asedio de Mariúpol y la destrucción
sistemática de la ciudad, así como el impacto directo sobre la población civil
y el personal médico.
Más que un reportaje
extendido, el documental funciona como archivo de urgencia: fija los hechos
frente a la negación y preserva la evidencia frente a la manipulación. En una
guerra donde también se disputa el relato, la cámara se convierte en instrumento
de memoria y en prueba contra el olvido.
Este año, su trabajo
más reciente, 2000 metros hasta Andriivka, confirma esa misma línea de
riesgo y rigor. La obra se encuentra en el centro de la temporada de premios.
El 8 de febrero, Mstyslav Chernov obtuvo el reconocimiento como Mejor Director
de Documental por parte del Sindicato de Directores (DGA: Directors Guild of America Awards). Además, figura entre los nominados al BAFTA, cuyo fallo se dará a
conocer este domingo 22.
2000 metros hacia Andriivka es la crónica
minuciosa de una distancia mínima que contiene una guerra entera. Dos mil
metros separan una línea de partida de una aldea devastada en el frente
oriental de Ucrania. Esa medida, casi doméstica en tiempos de paz, adquiere
proporciones morales y humanas cuando cada metro puede costar una vida.
El documental acompaña
a una unidad ucraniana en la misión de recuperar Andriivka, un punto
estratégico reducido a ruinas. La cámara no observa desde la retaguardia:
avanza con los soldados, comparte la incertidumbre del terreno minado, registra
la respiración contenida antes del asalto y el silencio posterior al combate.
No hay épica impostada ni música que subraye el heroísmo; hay barro, cuerpos
exhaustos y una conciencia constante de vulnerabilidad.
La película examina la
guerra en su escala humana. No se limita a la cartografía militar ni a la
estadística de bajas; se concentra en los rostros, en las voces y en la
intimidad precaria de quienes sostienen una posición que puede perderse en
cuestión de horas. La pregunta que atraviesa el metraje no es solo si la aldea
se recupera, sino qué significa “recuperar” un lugar convertido en escombros.
Si 20 días en Mariupol documentó el asedio y la destrucción sistemática de una ciudad, 2000
metros hacia Andriivka se sitúa en el instante de la contraofensiva y expone
el costo físico y emocional de cada avance. Ambas obras configuran un mismo
proyecto ético: registrar los hechos mientras ocurren, antes de que la
propaganda los diluya o los reescriba.
En ese sentido, la
película no ofrece únicamente imágenes de combate: es evidencia. Y
convierte una distancia aparentemente insignificante en la medida exacta de la
resistencia.
El cine, en este
contexto, no acompaña a la historia: la documenta mientras sucede.
El documental adquiere
un peso adicional cuando se sabe que varios de los soldados que aparecen en
pantalla murieron después. Sus rostros dejan de ser presencia inmediata y se
convierten en cifra. Allí reside una de las dimensiones más duras de la guerra:
la conversión de vidas concretas en estadística.
Es injustificable la
invasión a Ucrania y la devastación que ha provocado. El desenlace podrá
modificar fronteras; no modificará responsabilidades. La historia señalará al
invasor y recordará a quien resistió.

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