‘El agente secreto’ hacia el Oscar 2026 como Mejor Largometraje Internacional


DAVID TOVILLA

El reto cinéfilo de inicios de año no es adivinar ganadores: es localizar y ver las películas que llegan a la conversación pública con el sello de temporada de premios. La consigna es simple y exigente: mirar antes de opinar, para no repetir inercias, rumores o campañas; para distinguir, con la experiencia de la sala o la pantalla, qué tiene cada título para sostenerse frente al ruido.

    Entre plataformas, estrenos en cartelera y portales alternativos, ese mapa se vuelve más accesible, pero también más disperso: hay que buscar, comparar, cazar horarios, rastrear dónde está cada película. Esa búsqueda se recompensa especialmente con las candidatas a Mejor Largometraje Internacional: antes extranjera, hoy una etiqueta que, más que geográfica, es lingüística —cine en idiomas distintos del inglés— y, a menudo, una puerta a miradas y tradiciones fuera del centro hollywoodense. Y confirma algo simple: el cine grande no tiene un solo idioma. Por eso, ya ubicadas, conviene tomárselas en serio: hay que verlas.

    En 2026, hay cinco contendientes. Si la categoría va a premiar algo más que la inercia y el consenso, la jerarquía rumbo al triunfo sería la siguiente:

1) El agente secreto (Brasil)

    Su estreno comercial en cines en México está anunciado para la última semana de febrero. Antes —como ocurre cada temporada— la película ya ha circulado en funciones especiales y también en circuitos informales en línea.

    Más allá del lugar y de la época en que transcurre, su potencia nace de cómo convierte un contexto específico en un alegato universal: la injusticia no se improvisa; se administra desde el poder mediante redes de complicidad, corrupción y silencios; y del otro lado, la ciudadanía —aun cuando intenta resistir— suele hacerlo con herramientas insuficientes. Lo que vemos ahí no pertenece a un solo país ni a una sola década: es un mecanismo que se repite, con distintas máscaras, en cualquier tiempo.

    Ese mensaje se construye mediante una mezcla de registros narrativos: la película va de la comedia al thriller político y sabe alternar el golpe de sorpresa con la inquietud y la indignación. Para lograrlo, se apoya en un reparto que se incorpora poco a poco —casi por capas— y que termina por funcionar como un solo cuerpo gracias a su oficio.

    Es una película de acción, sí, pero también capaz de sostener una ética de la humanidad: la solidaridad, el amor, el conocimiento como formas de resistencia. Y, como corolario, subraya la importancia de la memoria histórica: por más que intenten borrar testimonios o desaparecer evidencias, alguien —en algún momento— recuperará esas huellas, no sólo para recordar, sino para ordenar los hechos, medir responsabilidades y colocar a cada protagonista en su verdadero sitio.

    El agente secreto no compite: irrumpe. Está entre las diez de Mejor Película y en el quinteto de Mejor Largometraje Internacional. Al final queda la sensación de haber visto cine en serio, no sólo un título de temporada: una experiencia que a más de una contendiente de la categoría principal le cuesta sostener.

    Es, sin duda, la película que marca la temporada —y la que debería llevarse el premio mayor. En los Globos de Oro ganó como Mejor Película en Lengua No Inglesa y Wagner Moura triunfó como Mejor Actor en Película Dramática.

2) Valor sentimental (Noruega)

    Valor sentimental compite al milímetro con la película anterior. También está postulada a Mejor Película y a Mejor Largometraje Internacional, y llega como la alternativa más clásica en el mejor sentido: la que apuesta por la precisión emocional, el detalle, la inteligencia del tiempo.

    En los hechos, es la película que mejor encarna eso que todavía llamamos —a falta de un nombre menos gastado— cine de arte: una puesta en escena sin aspavientos, pero de una precisión casi musical, sostenida por actuaciones tan sólidas que el filme coloca a su elenco en el centro del tablero. Todos son candidatos al Oscar en lo individual: Renate Reinsve (Actriz), Stellan Skarsgård (Actor de reparto) y dos nominaciones en Actriz de reparto (Elle Fanning e Inga Ibsdotter Lilleaas).

    No es una película estridente, sino introspectiva: con meticulosidad acomoda cada elemento para pensar las relaciones familiares como un sistema de fuerzas donde el profesionalismo convive con el desafecto; la disciplina personal se impone a la agenda doméstica; y la heterogeneidad emocional conduce a maneras incompatibles de amar, de pedir perdón y de saldar cuentas pendientes.

    Si el Oscar premiara la exactitud íntima, Valor sentimental sería imbatible.

3) Fue solo un accidente (Francia)

    En otro año —sin una cima tan alta— Fue solo un accidente llegaría como favorita casi indiscutible. Y no sólo por su fuerza cinematográfica, sino por la temperatura política que la rodea: fue filmada en la clandestinidad en Irán. Ese país atraviesa hoy una nueva oleada de protestas y represión, con miles de muertos según recuentos de organizaciones de derechos humanos, además de encarcelamientos masivos y una violencia de Estado que no necesita presentación.

    La cinta elige una vía poco común para hablar de la tortura: no la exhibe, la hace sentir en la vida cotidiana de quienes la sobrevivieron. Sonidos y olores activan para siempre ese resorte: la asociación inmediata —irrefutable— con los torturadores. Cuando creen reconocer a un presunto culpable y la venganza se vuelve tentación, se topan con el límite más inquietante: nunca lo vieron. Sólo tienen indicios, señales mínimas, huellas cinceladas en la memoria. Y, aun así, pese al rencor y al trauma, sostienen una línea que no quieren cruzar: no cometer otra injusticia —no parecerse, ni un segundo, a quienes se la hicieron.

    El dilema entre ser y no: un pasado de experiencias dolorosas que nunca se irá porque ya está instalado en el cuerpo y en la mente. Nadie sabe cuándo víctima y victimario volverán a cruzarse —quizá por accidente—, ambos ya en otros oficios, ambos con una vida que insiste en seguir, aunque la memoria no suelte.

    Su grandeza está en su contención: convierte el horror en dilema moral, no en espectáculo. Llega con la fuerza de haber obtenido la Palma de Oro en Cannes.

4) Sirāt (España)

    Una cinta llena de metáforas. Sirāt —término árabe asociado al camino, al puente, al sendero— convierte la búsqueda en aprendizaje: al salir tras alguien, uno termina encontrándose con otros y con una versión desconocida de sí mismo. Se aprende a convivir con quienes nunca habrían entrado en el universo personal; se hacen cosas impensables porque la situación obliga y, en algún punto, alguien tiene que actuar. Se toman decisiones que, como todas, arrastran consecuencias individuales y colectivas. Y así, casi sin aviso, se pasa de la normalidad a la exigencia: el trayecto no sólo conduce a un destino, transforma. Quienes inician la ruta no son los mismos que la terminan.

    Es una experiencia dura que siembra interrogantes: ¿hasta dónde llega el respeto a las decisiones adultas de los hijos?, ¿cómo se suma una pérdida a un extravío?, ¿qué se hace con el duelo cuando no hay certeza —cuando lo único que existe es la ausencia?

    La película se apoya en la soledad, las limitaciones físicas, cierta liviandad existencial y el panorama abrumador del desierto: un espacio que no sólo enmarca la travesía, sino que la vuelve prueba, espejismo y sentencia.

    No es sólo una película de ausencia: es el retrato de cómo se aprende a perder.

5) La voz de Hind Rajab (Túnez)

    Hind Rajab, una niña de seis años intentaba huir con su familia en Gaza cuando su auto quedó bajo fuego. Los disparos alcanzaron el vehículo y los adultos murieron; la pequeña logró acceder a un teléfono y llamó a los servicios de emergencia. Durante tres horas sostuvo el contacto con los rescatistas, mientras del otro lado se intentaba coordinar un acceso seguro.

    Esos diálogos quedaron registrados, y ahí está la decisión creativa de Kaouther Ben Hania: incorporar audios reales para reconstruir el momento sin convertir la violencia en espectáculo. La película se concentra en la sala de operadores: el exterior queda fuera de campo. El horror no se “muestra”, se oye; no se describe, se filtra en el pulso de la llamada, en la espera, en el protocolo, en la impotencia. La forma no es un truco: es una ética.

    La voz de Hind Rajab convierte un testimonio en memoria: lo que se oye aquí ya no se puede desoír. Se estrena en salas el 12 de febrero.


    Como puede apreciarse, El agente secreto destaca porque conjuga una historia de tensión y entretenimiento con peso político, una construcción narrativa que no se agota en el contexto y una experiencia cinematográfica plena. Por eso debería ganar Mejor Largometraje Internacional: porque no representa a un país, sino a una idea del cine en su máxima expresión.