Una batalla tras otra de Paul Thomas Anderson: revolución, memoria y cine

DAVID TOVILLA

(Actualización: 22 de febrero)

Acorde con su título, Una batalla tras otra, la película de Paul Thomas Anderson abrió enero y la temporada de premios al imponerse en sus primeras batallas.

    En los Critics Choice Awards obtuvo los reconocimientos a mejor película, dirección y guion adaptado. En los Globos de Oro sumó mejor película (comedia o musical), dirección, guion y actriz de reparto. El 7 de febrero, triunfó como mejor director de cine, en los DGA (Sindicato de Directores de Hollywood). 

    El 22 de febrero, en los  Premios BAFTA (British Academy of Film and Television Arts), ganó como mejor película, mejor dirección, mejor guion adaptado, mejor fotografía, mejor montaje y Sean Penn como mejor actor de reparto.

    En esta ruta, su competencia directa es Pecadores, de Ryan Coogler. Aún es temprano y no siempre lo que ocurre en estas primeras escalas se refleja después. Sin embargo, estos premios —previos a las nominaciones definitivas— buscan incidir en la carrera hacia el Oscar.

    En estas dos confrontaciones, y aunque en los Globos de Oro la separación por categorías ayuda a situar y evaluar mejor a cada filme, Pecadores se consolidó como el mayor logro de taquilla; pero, como película, fue desplazada por Hamnet entre las candidatas a mejor película de drama.

    Pecadores y Una batalla tras otra pueden verse en HBO.

    Pecadores impacta por su cualidad de obra teatral trasladada al cine, con un ingrediente de misterio y un tono sobrenatural.

    Una batalla tras otra es un trabajo artesanal que apunta en varias direcciones. Se construye desde el artificio y se toma su tiempo para sentar las bases de todo lo que pone en duda.

    Sitúa la cámara sobre un tema y unos protagonistas; les concede espacio para exponer sus razones y, enseguida, las somete a prueba.

    Alude a grupos radicales de pretensiones revolucionarias, pero no los romantiza: al final, sus líderes toman decisiones guiadas por beneficios personales.

    También se asoma a los grupos conservadores que detentan el poder, donde la pureza tampoco es real: se fabrica. De ahí la necesidad de rastrear supuestos pecados del pasado para borrarlos y acceder a una credencial de estatus. En esa espiral cabe todo: engaños, traiciones y asesinatos.

    La polarización solo ha traído el perfeccionamiento en la construcción de caretas: ponerse la máscara de bandos ya superados —izquierda/derecha— para esconder miserias humanas.

    Al final, lo que salva o condena a todos son sus rasgos de humanidad. No lo dicho, sino los hechos. No lo pregonado o proclamado: cuentan las acciones y lo que definen. La capacidad de solidarizarse, ayudar, proteger, educar, convivir y crecer.

    Eso —tan simple y difícil a la vez— suele perderse de vista en la dinámica cotidiana, pero es lo que, en verdad, vuelve pequeñas o grandes a las personas. Ese es el mensaje mayor: en Una batalla tras otra los seres humanos avanzan siempre, porque vivir es un reto cotidiano que exige veracidad, autenticidad y congruencia.

    Con ese planteamiento, la nueva película de Paul Thomas Anderson refuerza su posición rumbo al Oscar 2026 en la categoría de mejor película.

   La siguiente batalla es la definitiva. El 15 de marzo es la 98. ª ceremonia de los Premios Óscar.

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