(Actualización: 22 de febrero)
Acorde con su título, Una
batalla tras otra, la película de Paul Thomas Anderson abrió enero y la
temporada de premios al imponerse en sus primeras batallas.
En los Critics Choice Awards obtuvo los reconocimientos a mejor película, dirección y guion adaptado. En los Globos de Oro sumó mejor película (comedia o musical), dirección, guion y actriz de reparto. El 7 de febrero, triunfó como mejor director de cine, en los DGA (Sindicato de Directores de Hollywood).
El 22 de febrero, en los Premios BAFTA (British Academy of Film and Television Arts), ganó como mejor película, mejor dirección, mejor guion adaptado, mejor fotografía, mejor montaje y Sean Penn como mejor actor de reparto.
En esta ruta, su competencia directa es Pecadores, de Ryan Coogler. Aún es temprano y no siempre lo que
ocurre en estas primeras escalas se refleja después. Sin embargo, estos premios
—previos a las nominaciones definitivas— buscan incidir en la carrera hacia el
Oscar.
En estas dos confrontaciones, y aunque en los Globos de Oro
la separación por categorías ayuda a situar y evaluar mejor a cada filme, Pecadores se consolidó como el mayor
logro de taquilla; pero, como película, fue desplazada por Hamnet entre las candidatas a mejor película de drama.
Pecadores y Una batalla tras otra pueden verse en
HBO.
Pecadores impacta
por su cualidad de obra teatral trasladada al cine, con un ingrediente de
misterio y un tono sobrenatural.
Una batalla tras otra
es un trabajo artesanal que apunta en varias direcciones. Se construye desde el
artificio y se toma su tiempo para sentar las bases de todo lo que pone en
duda.
Sitúa la cámara sobre un tema y unos protagonistas; les
concede espacio para exponer sus razones y, enseguida, las somete a prueba.
Alude a grupos radicales de pretensiones revolucionarias,
pero no los romantiza: al final, sus líderes toman decisiones guiadas por
beneficios personales.
También se asoma a los grupos conservadores que detentan el
poder, donde la pureza tampoco es real: se fabrica. De ahí la necesidad de
rastrear supuestos pecados del pasado para borrarlos y acceder a una credencial
de estatus. En esa espiral cabe todo: engaños, traiciones y asesinatos.
La polarización solo ha traído el perfeccionamiento en la
construcción de caretas: ponerse la máscara de bandos ya superados
—izquierda/derecha— para esconder miserias humanas.
Al final, lo que salva o condena a todos son sus rasgos de
humanidad. No lo dicho, sino los hechos. No lo pregonado o proclamado: cuentan
las acciones y lo que definen. La capacidad de solidarizarse, ayudar, proteger,
educar, convivir y crecer.
Eso —tan simple y difícil a la vez— suele perderse de vista
en la dinámica cotidiana, pero es lo que, en verdad, vuelve pequeñas o grandes
a las personas. Ese es el mensaje mayor: en Una
batalla tras otra los seres humanos avanzan siempre, porque vivir es un
reto cotidiano que exige veracidad, autenticidad y congruencia.
Con ese planteamiento, la nueva película de Paul Thomas Anderson refuerza su posición rumbo al Oscar 2026 en la categoría de mejor película.
La siguiente batalla es la definitiva. El 15 de marzo es la 98. ª ceremonia de los Premios Óscar.
