Las imágenes perpetuadas son el único modo de volver a ver el pasado. No existe otro. Fotografía y video son adversarios del tiempo: lo cuestionan en el instante en que una imagen revela cómo era una persona hace un segundo, unos días o años.
Una fotografía devuelve el cuerpo de otra etapa, con sus rasgos, sus imperfecciones y sus accidentes. Descubre relaciones perdidas. Conserva una mirada, una sonrisa, un llanto. Puede ofrecer razones para entender a una persona o decir aquello que pocos recuerdan, o nadie quiere recordar.
Las fotografías constituyen la biblioteca personal de los detalles: un amplio anaquel poblado de momentos. La sombra del arbusto que empezó como una rama. El sofá que acumuló años sobre su superficie. Los muebles de jardín, testigos de afluencias y soledades.
Nada de eso exige una fotografía extraordinaria. Basta un disparo rutinario para confirmar una presencia. La imagen confirma que alguien estuvo allí, aunque no aparezca en ella. Ahí está el casco del barco que emergió durante unos días en la arena de una playa. El viento. El agua. Un caminante solitario, distante, abstraído en sí.
Fotografiar es estar: rescatar la fugacidad de todo. Se fotografía por deseo de atesorar, para que la vivencia perdure y el instante no se evapore. Permanece lo capturado y también la relación con aquello que estuvo frente a la cámara.
Antes, el esfuerzo exigía una elección. Se tomaban menos fotografías y cada una parecía destinada a un álbum, una caja o una pared. Todavía aparecen en muchos hogares antiguas imágenes en blanco y negro, sobrevivientes de personas, casas y épocas.
Ahora se toman muchas fotografías, pero pocas encuentran un destino. Quedan en la memoria del teléfono móvil, perdidas entre cientos de archivos. No se procesan ni se imprimen para vencer los años. Sólo sus propietarios saben que existen, hasta que llega el cambio de equipo, un accidente o el olvido. Entonces desaparecen.
La fotografía no vence al tiempo por el simple hecho de existir. Debe permanecer. Alguien tiene que conservarla y volver a ella.
Quienes guardaron las imágenes de un hogar vencieron, en parte, las transformaciones individuales y colectivas. Décadas después, aquellas fotografías conservan una forma de magia. Permiten que otros conozcan un momento que no vivieron e imaginen un mundo desaparecido.
Eso ocurre con la niña de esta fotografía.
Casi cuarenta años han pasado desde que su imagen quedó fijada en el papel. El original podría extraviarse algún día, pero ahora vuelve a ocupar un lugar. Su rostro acompaña estas palabras y sale otra vez al encuentro de quienes la observan.
Así, lejos de disolverse en el barullo de los años, la pequeña permanece. Dejó una fría pared y llegó a otro espacio. Antes fue decoración; ahora es memoria. Fue paisaje; es amor.
Nada puede confundirla. Su imagen afirma a la niña que fue y será. Permanecen la expresividad de sus ojos, su sonrisa, el suspiro que la fotografía alcanzó a descubrir.
Ella, la mujer, quizá sea otra en estos días. La niña puede sobrevivirla, como ya sobrevivió esas cuatro décadas detenidas.
Continuará allí, lista para ser observada y, desde ese sitio, para observar la rotación de la vida.
Esa es la virtud de una fotografía: ser pasado y presente a la vez.
Hay circunstancias y gestos que sólo pueden vivir en una fotografía.
