John Armstrong y la difícil tarea de amar después del enamoramiento

 

John Armstrong explora por qué enamorarse y amar no son la misma experiencia. En Los requisitos del amor, el filósofo británico examina el papel de la imaginación, la decepción, el conflicto y la madurez en la difícil tarea de construir una intimidad duradera.

DAVID TOVILLA

Los requisitos del amor. Una filosofía de la intimidad, de John Armstrong, acaba de publicarse en español. El libro apareció originalmente en inglés como Conditions of Love. The Philosophy of Intimacy y llega ahora, en traducción de Iñigo García Ureta, bajo el sello Gatopardo.

El libro se suma a una de las indagaciones más persistentes de la humanidad: comprender qué es el amor y por qué resulta tan difícil conservarlo.

El filósofo británico no pretende definir el amor como si se tratara de una sustancia que pudiera aislarse en un laboratorio. Su recorrido comienza, por ello, con la dificultad de establecer qué significa esa palabra.

Armstrong sospecha que el problema consiste en buscar una única definición detrás de todos los amores. Pero no existe un único amor. Hay distintas experiencias, necesidades, deseos, expectativas y formas de relación que se agrupan bajo esa palabra. El problema comienza cuando se pretende que todas funcionen de la misma manera.

Ahí aparece la primera crítica de Armstrong: se confunde el amor con el enamoramiento.

Para su exposición, el autor recurre a historias, libros y autores clásicos. Encuentra que la tradición romántica convirtió los primeros momentos de una relación en el modelo supremo del amor: el flechazo, la ansiedad, la espera, la ausencia, el contacto accidental, la sensación de haber encontrado a alguien excepcional.

Armstrong encuentra el ejemplo perfecto en Las penas del joven Werther, de Goethe. Werther vive para ver a Lotte, interpreta cada gesto como una señal y convierte su pasión en el centro de todo valor y toda belleza.

Pero existe una razón por la cual Werther funciona tan bien como héroe romántico: nunca tiene que vivir con Lotte.

La imposibilidad conserva intacto el deseo.

Lo mismo ocurre con Romeo y Julieta. Mueren antes de que el amor tenga que atravesar aquello que rara vez aparece en la literatura romántica: la convivencia. No hay hábitos irritantes, discusiones por dinero, diferencias sobre la manera de organizar una casa, cansancio, responsabilidades, aburrimiento ni pequeñas decepciones. La pasión no tiene tiempo de convertirse en rutina.

La tragedia del amor romántico consiste, en cierta forma, en que su realización amenaza aquello mismo que lo hace extraordinario.

El enamorado desea la cercanía. Pero ésta destruye parte de la fantasía.

Porque al principio no se ama sólo a una persona: también se hace a la imagen construida de ella.

La imaginación tiene aquí un papel decisivo. Permite atribuir cualidades excepcionales al otro, interpretar sus gestos, encontrar belleza donde no se había visto y convertir un detalle insignificante en una revelación.

El problema aparece cuando esa imagen entra en contacto con la vida cotidiana. La persona imaginada se encuentra con la persona real: alguien con miedos, cansancio, contradicciones, necesidades y defectos que ninguna fantasía había previsto.

La decepción no significa que el amor haya terminado.

Puede significar que comienza otra forma de amor.

Esta es una de las ideas sustanciales del libro. Armstrong sostiene que las cualidades que conducen al enamoramiento no son las mismas que se necesitan para sostener una relación.

El amor necesita cambiar para sobrevivir.

Y aquí Armstrong se distancia tanto de la idea romántica como de una explicación biológica. La psicología evolutiva puede ayudar a comprender algunas disposiciones humanas. El deseo, la atracción, el cuidado de la pareja y de la descendencia pueden tener raíces profundas. Pero esas disposiciones no explican por sí mismas la experiencia amorosa.

El amor tiene historia. Las sociedades modifican la manera en que se interpretan el deseo, la fidelidad, la sexualidad, el matrimonio, la familia y el cuidado del otro. Una misma disposición puede adquirir significados diferentes según la época y la cultura.

Armstrong se pregunta qué ocurre cuando esos sentimientos entran en contacto con la cultura, la memoria, la educación, la imaginación y las decisiones.

Porque sentir no basta.

El amor tiene que salir de la emoción y convertirse en palabras, gestos y acciones.

Armstrong concede a la imaginación un lugar central porque sólo ella permite intentar comprender que la experiencia del otro puede ser distinta de la propia.

La imaginación no sirve sólo para idealizar al amado. También permite salir de uno mismo. Permite imaginar qué siente el otro, qué teme y qué necesita; qué significado concede a una palabra; cómo interpreta un gesto; qué comportamiento puede herirle, aunque no haya sido esa la intención.

Amar sería, entonces, una forma de conocimiento y de aprendizaje.

Por eso el título del libro resulta más preciso de lo que parece. Armstrong no habla de las condiciones para enamorarse, sino de los requisitos del amor.

Son experiencias diferentes.

Para enamorarse pueden bastar el deseo, la fascinación, la imaginación y la convicción de haber encontrado a alguien excepcional.

Para amar hace falta algo más: reconocer al otro como alguien que no existe para completar las carencias propias; aceptar que la persona amada no coincide con la persona imaginada; tolerar la frustración; aprender a interpretar y reparar.

El amor necesita interpretar al otro.

Los conflictos tampoco representan, para Armstrong, una prueba definitiva de que el amor ha terminado. Toda relación acumula decepciones, malentendidos y heridas. La cuestión es qué se hace con ellas.

Amar exige también reparar: intentar comprender las razones del otro, reconocer la vulnerabilidad detrás de ciertas acciones y aceptar que la convivencia no elimina el conflicto. Lo convierte en parte de la experiencia amorosa.

El último gran concepto del libro es la madurez.

No se trata de convertirse en alguien prudente, frío o incapaz de apasionarse. Armstrong sabe que el amor necesita comenzar fuera de la madurez. Si se antepusiera la cautela al enamorarse, con probabilidad no habría enamoramiento.

La madurez llega después: cuando la pasión encuentra la rutina, aparecen responsabilidades y se desarrolla una relación entre dos seres humanos imperfectos.

Madurar consiste entonces en reajustar las expectativas. Dejar de pedir al otro aquello que ninguna persona puede conceder. Cambiar la expectativa de una comprensión absoluta por una suficiente; la fantasía de una compañía perfecta por la posibilidad de una compañía real.

En ese sentido, la madurez no destruye el amor: lo vuelve posible.

Por eso Los requisitos del amor resulta menos complaciente que muchos libros dedicados al tema. No promete encontrar a la persona indicada, no ofrece técnicas de seducción ni presenta la pareja como la solución a la soledad.

El amor se plantea como un logro, una conquista individual que no puede imponerse por voluntad, pero que depende de otras conquistas: la gentileza, la empatía, la comprensión y la aceptación de la vulnerabilidad.

El enamoramiento puede ocurrir. Amar exige aprender. Tal vez esa sea la verdadera distancia entre ambos.

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