Una prenda puede conservar el olor de quien ya no está y convertirse en recuerdo, prueba de vida o rastro para encontrarlo: del vÃnculo entre una madre y su hija a los archivos olfativos de la Stasi, el olor revela una forma Ãntima de memoria y ausencia.
DAVID TOVILLA
FotografÃa de Kevin Escate
A sus cuatro años, el pequeño le pedÃa a su
madre que le dejara una prenda porque tenÃa su olor. Ella no podÃa quedarse,
debÃa trabajar. Él se quedaba con quien lo cuidaba, pero necesitaba algo
vivencial. No una fotografÃa ni una llamada. Le pedÃa una prenda para dormir la
siesta abrazado a ella.
Hay algo primitivo, o una sabidurÃa
involuntaria, en esa acción. Los niños acuden a soluciones más elementales. Si
alguien no está, queda su olor. Los adultos, en cambio, nombran la ausencia con
palabras: extrañar, recordar, esperar.
La vida cotidiana suele mantener ese prodigio
oculto. No se piensa en el olor de las personas que se tienen cerca. Está allÃ,
mezclado con la ropa, las sábanas, las habitaciones, los objetos. Forma parte
de la presencia hasta que la ausencia lo vuelve perceptible. Entonces una
prenda deja de ser sólo eso: puede convertirse en alguien.
En un sonado caso de violencia vicaria
—aquella en la que uno de los progenitores utiliza a los hijos para hacer daño
al otro—, una madre que luchaba por recuperar a su hija decÃa: «Lloro por mi
hija. Todo el tiempo estoy con ese sentimiento, con la pregunta: ¿en dónde
está? Me desespero. Quiero olerla. Es algo muy instintivo. Compartimos espacio.
La abrazo mucho. Soy muy apapachadora. Quiero que ella esté bien, en suentorno. Deseo olerla y sé que ella también».
@marianapachecoortiz Lo doloroso de las injusticias es que cuando alcanzan a las personas adquieren rostro, nombre y humanidad. #violenciavicaria #meridayucatan🇲🇽 #merida #yucatan @Diario de Yucatán ♬ sonido original - Mar Ortiz
Oler a alguien. La expresión parece extraña
hasta que la persona falta.
Hace poco fue estremecedor el testimonio de
una mujer que lucha por la liberación de los presos polÃticos en Venezuela.
Contó que se llevaron a su esposo. Durante un año no pudo verlo. En ese tiempo,
la ropa que recibÃa eran la única manera de saber algo de él. Las olÃa y lo
reconocÃa. Era lo único que tenÃa.
Meses sin verlo, pero la identidad de aquel
hombre llegaba hasta ella convertida en una camisa, una tela, un rastro que no
podÃa tocar, pero sà reconocer. El olor era una valiosa e irremplazable pruebade vida.
Esa es la Venezuela que aún no se ha ido, en
pleno siglo XXI.
En la actualidad se observan en el Deutsches
Spionagemuseum de BerlÃn los llamados tarros de olor: frascos en los que la
policÃa de la Alemania Oriental conservó muestras olfativas de personas.
La Stasi habÃa desarrollado un
procedimiento para obtenerlas. Los sospechosos eran citados a interrogatorio
sin saber que, además de las preguntas, la policÃa registraba algo más. Se
sentaban en una silla especial, cuya superficie tenÃa un paño estéril capaz de
recoger su olor.
Cuando la persona se marchaba, el paño se
retiraba y la muestra se conservaba en un frasco de cierre hermético. Desde
1979, la Stasi construyó un archivo intacto de estas muestras. Los
perros, entrenados para diferenciar olores, podÃan utilizarlas después para
establecer vÃnculos entre una persona y una escena o para identificar a un
sospechoso.
El olor no constituÃa una prueba ante un
tribunal. ServÃa para reducir el cÃrculo de sospechosos, identificar
opositores, intentar descubrir quién habÃa escrito una carta o quién habÃa
producido un panfleto de protesta.
La fotografÃa, la firma o una carta se eligen.
Se decide qué decir y qué callar. El cuerpo deja rastros sin consultar.
La memoria suele asociarse a un objeto para
regresar. El olor no necesita nada que lo invoque. Llega y con él una persona.
Una prenda puede ser un abrazo, una prueba de vida, una forma de encontrar a alguien. El olor es el mismo.
