Jacobo Dayán explora en Brújula moral las decisiones, los silencios y las complicidades que marcaron la experiencia del nazismo, en una reflexión sobre la responsabilidad individual y la importancia de preservar el pensamiento crítico.
DAVID TOVILLA
Ha empezado a circular el libro Brújula
moral. Resistencia y propaganda durante el nazismo, de Jacobo Dayán. Si
bien el tema es el nazismo, lo central es revisar sus hechos para leer el
presente. En particular: qué ocurre con una sociedad cuando la verdad pierde
valor, las instituciones dejan de cumplir su función, la propaganda ocupa el
lugar de la información y una parte de la sociedad decide callar, adaptarse o
colaborar.
No es un libro de historia en el sentido
convencional. Su acierto está en examinar el proceso que hizo posible la
transformación de una democracia en un sistema totalitario. En esa revisión,
examina las decisiones de quienes participaron en él, lo toleraron o buscaron
resistirlo.
La pregunta sostenida en sus páginas no
concierne solo a los responsables directos del horror: alcanza a quienes
tuvieron la posibilidad de advertirlo, frenarlo o denunciarlo y prefirieron
proteger sus intereses, conservar sus privilegios o esperar a que el peligro
pasara.
La brújula moral que plantea Jacobo Dayán no
es una abstracción ética: es la capacidad de reconocer aquello que no debe
aceptarse, incluso cuando hacerlo tiene un costo.
La democracia también puede morir por vías
democráticas
Una de las advertencias del libro es que el
nazismo no surgió de la nada. Hubo una democracia debilitada, instituciones
vulnerables, una clase política incapaz de responder a las amenazas y una
sociedad dispuesta a tolerar transgresiones que, una tras otra, ampliaron los
márgenes de acción del régimen.
La llegada de Hitler al poder no fue el final
del proceso, sino el principio de una transformación que alteró las leyes,
desmanteló los contrapesos y convirtió al Estado en instrumento de un proyecto
autoritario.
La democracia y la Constitución, recuerda
Dayán, habían muerto por vías democráticas. Esto es: hay una diferencia entre
la existencia formal de las instituciones y su capacidad efectiva para contener
el poder.
Una elección no garantiza por sí misma la
permanencia de un orden democrático. Tampoco basta con conservar un parlamento,
celebrar votaciones o invocar la voluntad popular cuando se debilitan los
derechos, se descalifica a los adversarios y se destruyen los mecanismos que
permiten limitar a quienes gobiernan.
El libro muestra cómo la tolerancia ante las
primeras violaciones puede envalentonar a un régimen. Lo que al principio
parece una excepción termina por convertirse en precedente; lo aceptado abre la
puerta a nuevas exigencias. El deterioro no siempre llega con rupturas
espectaculares: avanza a través de decisiones sucesivas.
Esta es una de las razones por las que el
libro Brújula moral importa aquí y ahora: porque ayuda a reconocer los
mecanismos que amenazan a una democracia cuando el poder deja de admitir
límites.
La propaganda no busca convencer con hechos
Otro de los ejes del libro es la propaganda.
El régimen nazi comprendió el poder de reducir la realidad a unas cuantas
ideas, repetirlas hasta convertirlas en lugares comunes y asociarlas con
emociones capaces de movilizar a las masas.
El miedo, el resentimiento, la frustración y
el deseo de pertenencia resultaron instrumentos políticos de enorme eficacia.
En ese terreno, la veracidad de un mensaje importaba menos que su capacidad
para producir adhesión.
La propaganda también necesitaba construir un
enemigo. Reunir a adversarios distintos bajo una sola etiqueta, atribuirles los
males de la sociedad y responder a las críticas con nuevos ataques permitía
desplazar la discusión sobre los resultados del gobierno.
Cuando las malas noticias no podían negarse,
la estrategia consistía en generar otras que desviaran la atención. El objetivo
no era abrir una conversación pública, sino imponer sus términos.
Dayán recuerda, además, que el poder político
se apropió de la verdad. Las conferencias de prensa dejaron de ser espacios
para responder preguntas y se convirtieron en plataformas para transmitir
mensajes. La lealtad desplazó a la capacidad; la voluntad del dirigente se
colocó por encima del examen de los hechos. La palabra «pueblo» sirvió para
presentar al movimiento como encarnación de una voluntad colectiva única,
mientras quienes disentían quedaban fuera de la comunidad legítima.
La propaganda prospera allí donde la emoción
cancela la pregunta, la consigna reemplaza el argumento y la identidad decide
qué hechos pueden aceptarse.
Por eso, la defensa de la verdad no es una
discusión secundaria ni un asunto reservado a periodistas o académicos. Es una
condición para que la ciudadanía pueda juzgar al poder, distinguir entre
promesas y resultados y tomar decisiones con conocimiento de causa.
La ley también puede convertirse en
instrumento de exclusión
El libro identifica tres pilares para la
consolidación del nazismo: ley, propaganda y terror. La combinación importa. La
propaganda preparó el terreno para la exclusión; las modificaciones legales le
dieron forma institucional; el terror castigó a quienes se resistieron o
quedaron fuera de la comunidad definida por el régimen.
El control del Poder Judicial fue parte
decisiva de ese proceso. La remoción de jueces y funcionarios judíos, así como
de aquellos considerados políticamente no confiables, debilitó la independencia
de las instituciones. Al mismo tiempo, el régimen confundió Estado, gobierno y
partido, hasta presentar al dirigente como único intérprete legítimo de la
voluntad popular. La ley dejó de funcionar como límite al poder y se convirtió
en uno de sus instrumentos.
Esta lección permite entender por qué la
democracia requiere algo más que mayorías electorales. Necesita tribunales
independientes, prensa libre, oposición política, organizaciones sociales y
espacios de crítica capaces de actuar sin subordinación al gobierno. Cuando
esos contrapesos desaparecen o pierden autonomía, la concentración del poder
deja de encontrar obstáculos efectivos.
El peligro también reside en la forma en que
se define a quienes quedan fuera. La deshumanización de un colectivo facilita
que sus derechos parezcan prescindibles y que la violencia contra él encuentre
justificaciones. Antes de que una sociedad acepte el daño físico contra
determinados grupos, puede acostumbrarse a la descalificación, la exclusión y
la negación de su dignidad. La historia de los genocidios obliga a observar
esas señales sin confundirlas entre sí ni restarles importancia.
El silencio también tiene consecuencias
Uno de los aspectos más valiosos de Brújula
moral es su atención a las responsabilidades de quienes no empuñaron las
armas ni diseñaron las políticas criminales, pero contribuyeron a que el
régimen avanzara. Algunos justificaron sus decisiones; otros guardaron silencio
por temor; hubo quienes se acercaron al poder por conveniencia, reconocimiento,
puestos o beneficios. También hubo artistas, intelectuales y profesionales que
pusieron su prestigio al servicio del régimen, mientras otros encontraron
formas de resistencia.
Guardar silencio puede parecer una forma de
prudencia. En determinadas circunstancias, incluso puede ser una estrategia de
supervivencia. Pero el silencio de quienes cuentan con capacidad para
denunciar, documentar o resistir también puede dejar desprotegidos a quienes
sufren la violencia.
Recuperar la brújula moral
El título del libro adquiere su sentido pleno
ante esta suma de decisiones, renuncias y complicidades. Perder la brújula
moral no es solo dejar de distinguir entre el bien y el mal: implica aceptar
que la verdad depende de la conveniencia, que los derechos pueden reservarse
para quienes pertenecen al grupo propio y que la lealtad a un dirigente
justifica el abandono de principios que antes se consideraban irrenunciables.
La reflexión de Hannah Arendt sobre la
incapacidad para distinguir entre verdad y mentira, y entre el bien y el mal,
ilumina uno de los problemas centrales de este tiempo. Cuando los hechos
pierden autoridad y cada comunidad política acepta solo aquello que confirma
sus convicciones, la discusión pública deja de ser un espacio para comprender
la realidad. Se vuelve una disputa entre lealtades irreconciliables.
Frente a ese escenario, Brújula moral
invita a revisar responsabilidades, reconocer las señales de la erosión
democrática y recuperar la capacidad crítica. Conmina a pensar en la educación,
no como preparación para el mercado laboral, sino como formación humanista: una
educación que enseñe a razonar, contrastar fuentes, reconocer la dignidad de
los demás y resistir la seducción de las respuestas fáciles.
Leer a Jacobo Dayán en el México actual no
solo es recordar los mecanismos de la propaganda nazi. Es algo más sustancial:
preguntarse qué sucede cuando se normaliza la mentira, cuando la ley deja de
proteger a todos por igual, cuando el adversario se convierte en enemigo y
cuando las instituciones renuncian a su responsabilidad de poner límites al
poder.
No basta con identificar los autoritarismos ni
denunciar sus abusos. También es necesario examinar las responsabilidades
individuales y colectivas que permiten su avance. La democracia necesita
ciudadanos capaces de contrastar los hechos con las declaraciones,
instituciones que resistan la subordinación y espacios públicos donde la verdad
no dependa de la conveniencia política.
El valor de Brújula moral reside en recordar que ninguna democracia está a salvo por el solo hecho de haberlo sido. Su defensa exige reconocer los límites que el poder no debe cruzar, pero también advertir las renuncias, los silencios y las complicidades que permiten que esos límites desaparezcan.
