Homo mentíri: el poder de decir «es falso»

En tiempos de sobreinformación, negar una investigación puede ser más sencillo que responderla. Así, la mentira no necesita vencer a la verdad: le basta con sembrar dudas sobre ella.

DAVID TOVILLA

Fotografía de Randy Jacob

En los últimos años, el homo mentíri ha dejado de ser solo una persona que miente. Es quien ha aprendido a vivir en un mundo donde una afirmación de dos palabras parece otorgar inmunidad: «es falso». Esa respuesta se impone aunque existan documentos, investigaciones, grabaciones, fotografías, transferencias, contratos, testimonios o una cantidad de hechos comprobables.

    La palabra del mentiroso se consagra. Una sola palabra puede bastar. No hace falta explicar, mostrar documentos o presentar pruebas en contrario. Es suficiente con un mensaje en redes sociales para convertir en falsedad una exhaustiva indagación periodística. Negar. Descalificar. Seguir adelante. La vida de todos sigue igual. No pasó nada. La negación es la respuesta; y, al amparo del poder, parece ser suficiente.

    El fenómeno no pertenece a una ideología ni a colores partidistas. La tentación de controlar la realidad mediante el lenguaje aparece cada vez que el poder se enfrenta con una verdad incómoda o que se pretendía mantener oculta. Los hechos más recientes en Estados Unidos ilustran el tema.

    El 18 de septiembre, Donald Trump anunció que CNN, MS NOW y Politico quedarían fuera de la Casa Blanca porque, según él, difundían ficción y mentiras. En consecuencia, periodistas de esos medios fueron impedidos de ingresar y las organizaciones demandaron a la administración por considerar que la medida vulneraba la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que protege, entre otros derechos, la libertad de expresión y de prensa.

    No entra en debate sobre los temas periodísticos que le incomodan. El presidente no demuestra que una investigación es, como él dice, falsa. Para desacreditarla ante su audiencia solo recurre a nombrarla mentira. Es todo.

    La palabra del poder entra en competencia con el trabajo periodístico, pero lo hace con una ventaja: tiene el micrófono. La autoridad convierte una acusación en un hecho aparente. Esa es la diferencia.

    Una denuncia periodística puede ser combatida mediante otra investigación, documentos, argumentos, testimonios o pruebas. Pero existe un recurso más sencillo y eficaz: quien aparece señalado deja los datos y hechos de lado para atacar la existencia de la información en sí. No hay respuestas a nada. Basta con decir que todo es mentira. Con ello, la conversación pública se desplaza desde aquello que fue descubierto hacia quien lo descubrió. Dicho desplazamiento es una de las grandes victorias del homo mentíri: si todo hecho verificable puede ser respondido con un «es falso», entonces la realidad pierde su capacidad de imponerse.

    Verdad y mentira tienen dinámicas diferentes. Difícil para una, fácil para la otra. Lo verdadero necesita pruebas, tiempo para investigarse, documentarse, contrastarse y explicarse; se sostiene en documentos y hasta cientos de páginas. Lo falso solo requiere circulación; se produce en segundos, tiene consignas y cabe hasta en una publicación de una línea. Ambas llegan a una sociedad saturada de información, acostumbrada a consumir titulares antes que investigaciones. Ahí la verdad resulta en desventaja porque exige más de quien la recibe. La mentira solo requiere que circule.

    En el primer texto de esta serie se planteaba la necesidad de recuperar al homo sapiens frente a la expansión del homo mentíri. Esto significa reivindicar las facultades del ser humano: pensar, preguntar, comparar, revisar, distinguir entre información y propaganda. Renunciar a la pereza intelectual, la inercia y la comodidad.

    Un siglo con más herramientas tecnológicas no parece haber traído consigo el predominio de la verdad, sino el avasallamiento de la mentira. Ahora ha dejado de ser un mero recurso de la política para instituirse, en algunos casos, como la principal herramienta del poder para construir una realidad alternativa o una burbuja de una realidad inventada.

    Sin embargo, una afirmación no se convierte en verdad porque la pronuncie alguien poderoso; pero una investigación tampoco se torna en mentira porque los políticos digan que lo es. Frente a los dichos solo quedan los hechos. Esos son los que sustentan cualquier credibilidad porque pueden investigarse, revisarse y contrastarse. Las palabras no deben tener más importancia que los hechos, porque solo estos poseen una característica que las palabras no: pueden someterse a comprobación.

    Ese es, al final, el territorio que el homo mentíri pretende conquistar: no solo el de la verdad, sino el de la capacidad para reconocerla. Si basta con decir «es falso» para desactivar una investigación, desacreditar a quien la hizo y convertir la evidencia en una opinión más, entonces la mentira ya no necesita demostrar nada. Le basta con imponerse.

    Por eso el verdadero contrapeso del poder no es otra palabra poderosa, sino el hecho comprobable. Los hechos no desaparecen porque alguien con poder pronuncie dos palabras. «Es falso» no es una prueba: es solo una afirmación que no demuestra nada.

    Si se acepta que la afirmación del poderoso vale más que la evidencia, el homo mentíri ya no solo habrá aprendido a mentir: habrá conseguido que nadie le exija pruebas para sostener sus palabras.

Textos anteriores:

Homo mentíri: la era de la desinformación y la normalización de la mentira digital

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