El 4 de diciembre se cumplieron cincuenta años del fallecimiento de Hannah Arendt, una de las pensadoras más decisivas para comprender el mundo contemporáneo. Su obra abordó temas que
hoy resultan incómodos: el autoritarismo, la banalidad del mal,
la verdad y la mentira en política sin imaginar que, medio siglo después,
sería una referencia imprescindible frente al ascenso de nuevas pulsiones
autoritarias y al uso cotidiano de la mentira como herramienta de poder.
En un texto
anterior se urgía a recuperar al homo sapiens, porque lejos de apartarse
de la mentira, esta terminó por consolidarse como un recurso que ya forma parte
del pegamento de la vida social y dio forma a un nuevo sujeto: el homo mentíri.
Hoy se concede
más peso a los dichos que a los hechos: es decir, la versión termina por
imponerse a la realidad. Así, la veracidad se diluye y triunfa la mera
verbalización. De ahí proviene la compulsión por hablar sin sustento,
descalificar al otro y repetir consignas gastadas: se fabrica una apariencia de
normalidad frente a los micrófonos mientras, en las calles, las personas viven
dolor, miedo y angustia.
Ese desfase
entre el discurso que promete bienestar y la experiencia cotidiana que lo
desmiente no es casual. Hannah Arendt advirtió que el poder moderno no se
limita a violentar cuerpos o acallar opositores: construye ficciones
colectivas. La mentira, para ella, no es un desvío sino un método político que
busca modelar percepciones y neutralizar el juicio. Cuando los hechos resultan
incómodos, se administran versiones; cuando la realidad contradice la
narrativa, se desacredita a quien la nombra. El resultado, decía, es un
ciudadano aislado, incapaz de distinguir entre verdad y fabricación.
Ahí es donde
su ensayo La mentira en política adquiere su plena vigencia. Arendt
muestra que, una vez erosionada la capacidad de juicio, la mentira deja de ser
una excepción condenable para convertirse en un instrumento de gobierno. La
falsificación de hechos, la fabricación de enemigos, la sustitución de lo real
por narrativas convenientes y la repetición de consignas —afirmaba— no buscan
convencer, sino desactivar el discernimiento. La mentira, así entendida, no es
solo engaño: es una tecnología del poder.
Arendt
recuerda:
«El secreto… el engaño, la
falsedad deliberada y la mentira descarada, utilizados como medios legítimos
para lograr fines políticos, han existido desde el comienzo de la historia
documentada. La sinceridad no se ha contado nunca entre las virtudes de los
políticos y la mentira se ha considerado siempre un instrumento susceptible de
justificación en política».
Amplía:
«A menudo las mentiras son más creíbles, y más atractivas a la razón, que la realidad… El mentiroso tiene la gran ventaja de saber de antemano qué es lo que su audiencia desea o espera oír. Ha preparado su relato para el consumo del público atendiendo a poder ser creído, mientras que la realidad tiene la desconcertante costumbre de enfrentarnos con lo inesperado, para lo cual no estamos preparados».
Lo perturbador
es que la mentira no solo engaña: disciplina. Para Arendt, la mentira es
compulsiva en la formación del autoritarismo porque «logra que la gente común
olvide la diferencia entre lo verdadero y lo falso» —y en ese punto comienza el
verdadero dominio.
Recordar a
Hannah Arendt supone asumir su advertencia radical: cuando una sociedad pierde
la capacidad de distinguir entre hecho y ficción, entre argumentación y
propaganda, entre verdad y versión, no se equivoca: es desactivada para dejar
de pensar.
A medida que ese esquema se normaliza y se convierte en método para gobernar, se vuelve urgente desmontar al homo mentíri y restaurar al homo sapiens: recuperar el juicio, la libertad, la responsabilidad cívica y la vocación democrática que hace posible una sociedad digna.

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