Premios Nobel contra la violencia de Estado: Narges Mohammadi y María Corina Machado

DAVID TOVILLA

El viernes 12 de diciembre de 2025, la Nobel de la Paz 2023 Narges Mohammadi fue detenida, de nuevo, durante un acto conmemorativo. Su familia denunció que, durante el arresto, agentes de seguridad la golpearon y fue llevada dos veces a urgencias.

    El Nobel le fue otorgado mientras estaba en prisión, por su defensa de los derechos humanos —en particular, su lucha contra la imposición del código obligatorio de vestimenta para las mujeres— y por su activismo sostenido en favor de libertades civiles. En Oslo, entonces, la representaron sus hijos.  

    Tras una salida por motivos médicos, su nueva detención ocurre en un contexto que vuelve a apretar el cerco. Mohammadi acudió a un homenaje al abogado de derechos humanos Khosrow Alikordi, cuya muerte fue denunciada por activistas como sospechosa; el acto fue reprimido y se reportaron al menos 39 detenidos.

    La reacción internacional fue inmediata. Ese mismo día, el Comité Noruego del Nobel reaccionó expresó  «su profunda preocupación por la brutal detención hoy de Narges Mohammadi, junto con otros activistas. La Sra. Mohammadi, Premio Nobel de la Paz 2023, es una firme defensora de los derechos humanos, la libertad de expresión y la participación democrática en Irán.

    «El Comité Noruego del Nobel insta a las autoridades iraníes a esclarecer de inmediato el paradero de Mohammadi, garantizar su seguridad e integridad y liberarla sin condiciones. El Comité se solidariza con Narges Mohammadi y con todos aquellos que en Irán trabajan pacíficamente por los derechos humanos, el Estado de derecho y la libertad de expresión».

    En su mejor versión, el Nobel de la Paz no crea heridas: las vuelve visibles. No inventa una injusticia; la nombra, la fija en la agenda y la vuelve imposible de negar.

    Por eso, en la ceremonia del 10 de diciembre de 2025, cuando el Nobel fue concedido a María Corina Machado, el presidente del Comité Noruego del Nobel, Jørgen Watne Frydnes, abrió su discurso con nombres propios: una adolescente secuestrada, un dirigente humillado ante una cámara, un opositor enviado a una maquinaria de encierro. No fue una arenga: fue un inventario moral del daño.

    Puntual, señaló: «Así es como los poderes autoritarios intentan aplastar a quienes se alzan en defensa de la democracia. Las Naciones Unidas han declarado que estos actos constituyen crímenes de lesa humanidad. Este es el régimen de Nicolás MaduroVenezuela se ha convertido en un Estado brutal y autoritario sumido en una profunda crisis humanitaria y económica». 

    No es casual que este 16 de diciembre, el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU confirmó que la oficina que encabeza ya no tiene personal dentro de Venezuela. Una nota de El País cita a Volker Turk: «Seguimos observando restricciones generalizadas a la libertad de expresión y de reunión pacifica; detenciones arbitrarias y desapariciones forzadas; así como una grave crisis social y económica. En Venezuela se han intensificado y asfixiado las libertades de la población. La vida pública se ha ido militarizando. Mi oficina ha recibido información de reclutamientos forzosos en la Milicia Bolivariana, incluso de adolescentes y personas mayores».

    Ese es el fondo que algunos pretenden esconder bajo la alfombra cuando hacen eco de las quejas contra la presión internacional o reducen el caso venezolano a un pleito de propaganda; cuando llaman “injerencia” a lo que, en realidad, es escrutinio ante un régimen cuyo expediente crece en la Corte Penal Internacional por la violencia de Estado y las violaciones a derechos humanos.

    El reconocimiento a María Corina Machado es a la heroica epopeya de una resistencia que ha sabido enfrentar al poder en las calles y en las urnas, pese a sus trampas para perpetuarse.

    La necesidad de respaldo internacional a la causa de la democracia y los derechos humanos en Venezuela se ha vuelto un reclamo; así lo asentó también el presidente del Comité del Nobel: «Y cuando los venezolanos pidieron al mundo que prestara atención, les dimos la espalda. Mientras perdían sus derechos, su alimento, su salud y su seguridad – y, finalmente, su propio futuro – gran parte del mundo se aferró a sus viejas narrativas. Algunos insistían en que Venezuela era una sociedad igualitaria ideal. Otros solo querían ver en ella una lucha contra el imperialismo. Otros más optaron por interpretar la realidad venezolana como una competencia entre superpotencias, pasando por alto el valor de quienes buscan la libertad en su propio país. Todos estos observadores tienen algo en común: la traición moral a quienes de hecho viven bajo este régimen brutal.

    «Si solo apoyas a quienes comparten tus opiniones políticas, no has entendido ni la libertad ni la democracia. Sin embargo, muchos críticos se quedan ahí. Ven que las fuerzas democráticas locales cooperan, por necesidad, con actores que les desagradan y utilizan eso como justificación para negarles su apoyo. Así anteponen las convicciones ideológicas a la solidaridad humana».

    Cerró con una fuerza solidaria al honrar a María Corina Machado y decir: «A todos los que han sido detenidos y torturados, o han desaparecido. A todos quienes siguen manteniendo la esperanza. A todos aquellos en Caracas y en otras ciudades de Venezuela que se ven obligados a susurrar el lenguaje de la libertad. Que nos escuchen ahora. Que sepan que el mundo no les da la espalda».

    Los autoritarios, y quienes los justifican, preferirían un Nobel decorativo: una medalla sin filo, una ceremonia sin consecuencias. Pero cuando el Nobel se usa como debe, no adorna: interrumpe. Y al interrumpir, recuerda lo obvio: que los derechos humanos no son un eslogan, sino una cuenta pendiente que siempre tiene nombres y cuerpos.

    El autoritarismo y el avasallamiento de quienes defienden las libertades civiles acercan a Irán y Venezuela. Frente a eso, el Nobel de la Paz importa menos como medalla que como acta pública: pone nombres donde el poder quiere números, vuelve audible lo que se castiga en silencio, obliga a elegir la dignidad y a condenar la costumbre de mirar hacia otro lado.