Sydney Sweeney y el placer de tirarle a una mujer

Chica contra chica, de Sophie Gilbert, ofrece una perspectiva incómoda sobre la facilidad con que la cultura convierte a las mujeres en objeto, mercancía y blanco de críticas.

DAVID TOVILLA

Sydney Sweeney presentó esta semana Birthday Boobs, una nueva colección de lencería de Syrn, la marca que fundó. La chica cumple años el 12 de septiembre y la colección se lanza el 1 de ese mes.

La campaña está en sintonía con la manera en que la actriz ha concebido la marca desde el principio: sensual, juguetona y consciente de supropio atractivo. Aquello que hace reconocible a Sweeney forma parte de su planteamiento.

Como suele ocurrir con ella, se desataron las críticas. Algunas discuten la campaña, su estética o la estrategia comercial. Otras vuelven a su cuerpo, su atractivo, su talento, su fama, la manera en que utiliza su imagen. La conversación se aleja de la ropa y termina alrededor de la mujer.

¿Por qué incomoda tanto? ¿Será porque, como ha hecho Shakira, Sweeney decidió asumir el papel de empresaria y convertir su fama en una fuente de ingresos propia, en lugar de permitir que otros hicieran negocio con su imagen?

Sweeney pudo limitarse a lo que muchas celebridades hacen: una campaña, una colección con su nombre, unas fotografías y un contrato. En cambio, decidió seguir el camino que han recorrido con mayor notoriedad Rihanna y KimKardashian.

Syrn es su empresa. La actriz no es solo el rostro que aparece en las fotografías. Su fama forma parte del capital de la marca y su propia imagen es uno de sus principales instrumentos de comunicación. Sydney Sweeney decidió asumirse como una marca y ser también propietaria de la operación comercial. Decidió ser más que una simple modelo de lencería.

Para el caso es adecuada la lectura del libro Chica contra chica, de Sophie Gilbert. El volumen estudia la manera en que la cultura popular de las últimas décadas ha enseñado a mirar a las mujeres, pero también el modo en que ellas se miran entre sí.

Gilbert encuentra una paradoja: las mujeres pueden convertirse al mismo tiempo en objetos de deseo, figuras de admiración, modelos de imitación y blancos de desprecio. Es una cultura entera que ha aprendido a observarlas, compararlas y clasificarlas. A decidir quién es demasiado sexy, delgada, artificial, ambiciosa, vulgar o consciente de su belleza. El cuerpo se convierte en un expediente público.

Sydney Sweeney conoce ese mecanismo y decidió tomar otro lugar: si su imagen tiene valor, quiere ser ella quien decida qué hacer con él.

Esa afirmación ya la exploró Emily Ratajkowski, desde otro ángulo, en su primer libro My Body (Mi cuerpo, 2021): qué significa recuperar algún grado de control sobre una imagen que, al mismo tiempo, es objeto de deseo y mercancía.

La cultura lleva décadas con el pregón hacia las mujeres: conozcan su cuerpo, cuídenlo, vístanlo, exhíbanlo y utilícenlo para obtener atención. Pero cuando una reconoce que su atractivo tiene valor comercial, la reacción cambia y llegan las preguntas: ¿Se aprovecha de su cuerpo? ¿Utiliza demasiado su sexualidad? ¿Vende una imagen?

Hay otro pasaje de Gilbert adecuado para entender la fascinación que despierta Sweeney. Al analizar la telerrealidad, la autora observa que las mujeres eran convertidas en objetos para ser «miradas, despreciadas, sexualizadas y emuladas» al mismo tiempo.

Es una combinación contemporánea: mirar a una celebridad ya no significa solo admirarla. Se traduce en comentar su cuerpo; evaluar su ropa; decidir si ha envejecido bien; compararla con otra; medir su éxito; cuestionar sus relaciones; analizar sus fotografías. Pero, sobre todo, en sentirse autorizado a emitir un veredicto sobre ella. Y las redes sociales convierten esa mirada en una actividad cotidiana. Antes existían las revistas de celebridades; ahora existe una conversación permanente.

Una celebridad puede ser criticada como cualquier otra persona pública. Lo problemático aparece cuando la crítica a una campaña se transforma en una descalificación de la mujer: vender lencería sirve para cuestionar su inteligencia y aparecer sexy se convierte en argumento para negar su talento.

La animosidad en torno a Sydney Sweeney hace recordar el título de Sophie Gilbert. Chica contra chica no se refiere solo a mujeres enfrentadas entre sí. Habla de una cultura que ha conseguido que las mujeres participen de la vigilancia y la evaluación de otras mujeres.

Gilbert señala que la autovigilancia y el control del cuerpo se han convertido en elementos centrales de esa sensibilidad cultural. Así se ha transformado la apariencia en competencia; la belleza en jerarquía; el cuerpo en disciplina; la sexualidad en moneda; y la celebridad femenina en un espacio público donde cualquiera puede emitir sentencia.

Al observar la reacción ante Sweeney, habría que preguntar por qué aún se exige a las mujeres que expliquen, justifiquen o disculpen la relación que tienen con su propio cuerpo.

@syrn

celebrating syd’s birthday month with our newest syrn collection 🎂 coming september 1st

♬ original sound - SYRN by Sydney Sweeney

Sweeney no necesita ser convertida en un símbolo feminista para reconocer lo que hay de significativo en su estrategia. Tampoco hace falta aprobar cada decisión de Syrn. Una campaña puede gustar o no; una marca puede ser juzgada por sus productos y una celebridad puede ser criticada como cualquier otra figura pública.

La cuestión aparece cuando la crítica deja de dirigirse a lo que hace y empieza a utilizar lo que hace para reducirla a una mujer que merece ser juzgada.

Sydney Sweeney vende lencería, una marca y también una parte de la fantasía asociada con ella.

Es propietaria de esa quimera.

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