Sydney Sweeney: cuerpo, imagen y el juicio sobre las mujeres


Las campañas de Sydney Sweeney para Syrn y Novig abren una reflexión sobre la autonomía, la sexualidad y el valor comercial del cuerpo femenino, pero también sobre la facilidad con que las mujeres son observadas, comparadas y convertidas en objeto de juicio.

DAVID TOVILLA

(Actualización: 20 de septiembre)

Sydney Sweeney presentó en agosto Birthday Boobs, una nueva colección de lencería de Syrn, la marca que fundó. La chica cumple años el 12 de septiembre y la colección se lanzó el 1 de ese mes.

La campaña está en sintonía con la manera en que la actriz ha concebido la marca desde el principio: sensual, juguetona y consciente de supropio atractivo. Aquello que hace reconocible a Sweeney forma parte de su planteamiento.

Como suele ocurrir con ella, se desataron las críticas. Algunas discuten la campaña, su estética o la estrategia comercial. Otras vuelven a su cuerpo, su atractivo, su talento, su fama, la manera en que utiliza su imagen. La conversación se aleja de la ropa y termina alrededor de la mujer.

¿Por qué incomoda tanto? ¿Será porque, como ha hecho Shakira, Sweeney decidió asumir el papel de empresaria y convertir su fama en una fuente de ingresos propia, en lugar de permitir que otros hicieran negocio con su imagen?

Sweeney pudo limitarse a lo que muchas celebridades hacen: una campaña, una colección con su nombre, unas fotografías y un contrato. En cambio, decidió seguir el camino que han recorrido con mayor notoriedad Rihanna y KimKardashian.

Syrn es su empresa. La actriz no es solo el rostro que aparece en las fotografías. Su fama forma parte del capital de la marca y su propia imagen es uno de sus principales instrumentos de comunicación. Sydney Sweeney decidió asumirse como una marca y ser también propietaria de la operación comercial. Decidió ser más que una simple modelo de lencería.

Para el caso es adecuada la lectura del libro Chica contra chica, de Sophie Gilbert. El volumen estudia la manera en que la cultura popular de las últimas décadas ha enseñado a mirar a las mujeres, pero también el modo en que ellas se miran entre sí.

Gilbert encuentra una paradoja: las mujeres pueden convertirse al mismo tiempo en objetos de deseo, figuras de admiración, modelos de imitación y blancos de desprecio. Es una cultura entera que ha aprendido a observarlas, compararlas y clasificarlas. A decidir quién es demasiado sexy, delgada, artificial, ambiciosa, vulgar o consciente de su belleza. El cuerpo se convierte en un expediente público.

Sydney Sweeney conoce ese mecanismo y decidió tomar otro lugar: si su imagen tiene valor, quiere ser ella quien decida qué hacer con él.

Esa afirmación ya la exploró Emily Ratajkowski, desde otro ángulo, en su primer libro My Body (Mi cuerpo, 2021): qué significa recuperar algún grado de control sobre una imagen que, al mismo tiempo, es objeto de deseo y mercancía.

La cultura lleva décadas con el pregón hacia las mujeres: conozcan su cuerpo, cuídenlo, vístanlo, exhíbanlo y utilícenlo para obtener atención. Pero cuando una reconoce que su atractivo tiene valor comercial, la reacción cambia y llegan las preguntas: ¿Se aprovecha de su cuerpo? ¿Utiliza demasiado su sexualidad? ¿Vende una imagen?

Hay otro pasaje de Gilbert adecuado para entender la fascinación que despierta Sweeney. Al analizar la telerrealidad, la autora observa que las mujeres eran convertidas en objetos para ser «miradas, despreciadas, sexualizadas y emuladas» al mismo tiempo.

Es una combinación contemporánea: mirar a una celebridad ya no significa solo admirarla. Se traduce en comentar su cuerpo; evaluar su ropa; decidir si ha envejecido bien; compararla con otra; medir su éxito; cuestionar sus relaciones; analizar sus fotografías. Pero, sobre todo, en sentirse autorizado a emitir un veredicto sobre ella. Y las redes sociales convierten esa mirada en una actividad cotidiana. Antes existían las revistas de celebridades; ahora existe una conversación permanente.

Una celebridad puede ser criticada como cualquier otra persona pública. Lo problemático aparece cuando la crítica a una campaña se transforma en una descalificación de la mujer: vender lencería sirve para cuestionar su inteligencia y aparecer sexy se convierte en argumento para negar su talento.

La animosidad en torno a Sydney Sweeney hace recordar el título de Sophie Gilbert. Chica contra chica no se refiere solo a mujeres enfrentadas entre sí. Habla de una cultura que ha conseguido que las mujeres participen de la vigilancia y la evaluación de otras mujeres.

Gilbert señala que la autovigilancia y el control del cuerpo se han convertido en elementos centrales de esa sensibilidad cultural. Así se ha transformado la apariencia en competencia; la belleza en jerarquía; el cuerpo en disciplina; la sexualidad en moneda; y la celebridad femenina en un espacio público donde cualquiera puede emitir sentencia.

Al observar la reacción ante Sweeney, habría que preguntar por qué aún se exige a las mujeres que expliquen, justifiquen o disculpen la relación que tienen con su propio cuerpo.

Sweeney no necesita ser convertida en un símbolo feminista para reconocer lo que hay de significativo en su estrategia. Tampoco hace falta aprobar cada decisión de Syrn. Una campaña puede gustar o no; una marca puede ser juzgada por sus productos y una celebridad puede ser criticada como cualquier otra figura pública.

Lo esencial surge cuando la crítica deja de dirigirse a lo que hace y empieza a utilizarse para reducirla a una mujer que merece ser juzgada.

Sydney Sweeney vende lencería, una marca y también una parte de la fantasía asociada con ella.

Es propietaria de esa quimera.

Y entonces llegó el deporte

El 9 de septiembre apareció otra campaña de Sydney Sweeney. Esta vez no era para su marca de lencería, sino para Novig, una plataforma de predicciones deportivas. En el anuncio, titulado Just Sports, la actriz aparece desnuda o semidesnuda y utiliza balones, raquetas y otros objetos deportivos para cubrir su cuerpo mientras representa distintas disciplinas. Sweeney no es solo el rostro de la campaña: también es socia estratégica y accionista de la compañía.


La reacción fue inmediata.

Pero esta vez las críticas tomaron otro camino. Varias deportistas, entre ellas campeonas olímpicas y atletas de distintas disciplinas, cuestionaron que una campaña relacionada con el deporte recurriera al cuerpo desnudo de una actriz como reclamo. La objeción no se dirigió solo a la desnudez, sino a la manera en que el cuerpo de una mujer aparecía asociado con el espectáculo deportivo.

Sweeney ya había construido su relación con el cuerpo desde otro lugar. La actriz convirtió su imagen en una propiedad comercial y asumió el control sobre ella. Ahora esa misma decisión podía ser leída como una reproducción de aquello que muchas deportistas cuestionan desde hace años: que el cuerpo de una mujer tenga más relevancia que sus actividades.

El 13 de septiembre, Sweeney pareció responder. No publicó un comunicado. Tampoco escribió una explicación. Colocó en sus historias de Instagram varias portadas de ESPN Magazine: The Body Issue. Allí aparecían Serena Williams, Ronda Rousey, Sue Bird, Megan Rapinoe y Caroline Wozniacki, entre otros deportistas. También había hombres.

La primera imagen fue la portada de Serena Williams de 2009.

El mensaje parecía ser: otras mujeres también se han mostrado desnudas y no por ello se las ha sometido al mismo escrutinio.

Pero ahí aparece una diferencia que se olvida para centrar la discusión.

Las atletas de The Body Issue no estaban allí para vender una plataforma de apuestas. Sus cuerpos formaban parte de la historia que la revista quería contar: cuerpos construidos por años de entrenamiento, competencia, lesiones, fuerza y disciplina. La desnudez estaba relacionada con aquello que esos cuerpos podían hacer.

La campaña de Novig parte de otra lógica. Sweeney no es deportista profesional y su cuerpo funciona como el principal reclamo visual de un producto comercial relacionado con las apuestas deportivas.

Son situaciones distintas.

Eso no invalida la respuesta de Sweeney. Tampoco convierte en hipócritas a quienes criticaron la campaña. Lo que hace es revelar una contradicción más incómoda: todavía no existe una relación sencilla entre desnudez, autonomía, sexualidad y poder cuando se trata de mujeres.

Serena Williams pudo aparecer desnuda y celebrar su cuerpo de atleta. Sydney Sweeney puede decidir mostrar el suyo. En ambos casos existe una voluntad individual.

Aún se cree que, cuando una mujer lo hace, alguien tiene que decidir qué significa, cuánto vale, para quién lo hace y si merece aprobación. De ahí que algunas voces se ensañen con Sydney Sweeney. Pero tal vez no importe. Su empeño puede ser más trascendente que el escándalo.

Y entre las voces que han salido en defensa de Sweeney está la de Alejandra Cerecedo, en Eme Equis. Su texto merece citarse con amplitud:

«Si a Sydney Sweeney le gusta sensualizarse, está en su derecho. Puede mostrarse como quiera, y ninguna mujer debería ser juzgada por eso. El feminismo no puede defender la libertad de las mujeres únicamente cuando toman decisiones que nos parecen moralmente correctas. También tiene que aceptar que una mujer puede elegir su cuerpo, su imagen y la manera en que quiere presentarse ante el mundo, aunque esa decisión no coincida con nuestras preferencias.

»Quizá el verdadero problema está en nuestra necesidad de construir narrativas perfectas alrededor de las mujeres. Queremos que unas sean ejemplo de moralidad, otras de superación, otras de fortaleza y otras de feminidad.

»No todas las mujeres tienen que seguir a Sydney Sweeney. No todas tienen que identificarse con ella. No todas tienen que admirar su campaña. Pero tampoco todas tienen que ser deportistas, empresarias o referentes de una causa para merecer respeto.

El feminismo también es aceptar que cada mujer se muestre como desee. No es a fuerza dar ejemplo a otras mujeres. Es reconocer que no existe una sola manera correcta de ser mujer, ni una única forma de construir independencia, éxito o libertad».


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