Cada vez más artistas restringen el uso de teléfonos móviles durante sus espectáculos. Detrás de esa decisión no sólo existe el deseo de impedir grabaciones, sino de recuperar una experiencia que durante décadas perteneció por completo a quienes la vivían.
DAVID TOVILLA
Fotografía de Lobar
Qudratovna
Enrique Bunbury detuvo un concierto. Ocurrió
el 2 de julio de 2025, en el Coliseo General Rumiñahui de Quito, Ecuador,
mientras interpretaba El jinete. No hubo una falla técnica ni una
emergencia entre el público. El motivo fue otro: un espectador de la primera
fila había pasado buena parte de la presentación con el teléfono móvil en alto.
El cantante interrumpió la música para pedirle que dejara de grabar y
disfrutara el concierto. Le recordó que muchos desearían ocupar ese lugar
privilegiado para vivir la experiencia y no para registrarla.
@estilodf Enrique Bunbury detuvo su concierto en Quito porque no dejaban de grabar con su celular. 👀 CC: @daniel_pedraza9 #bunbury #bunburyoficial #bunburyfans #enriquebunbury #enriquebunburyoficial #enriquebunburyfans #celular #concierto #bunburyconcierto #enriquebunburyconcierto #quito #quitoecuador #ecuador #ecuador🇪🇨 ♬ sonido original - EstiloDF
La escena recorrió las redes sociales en
cuestión de horas. La paradoja resultó inevitable: un reclamo contra el exceso
de celulares alcanzó notoriedad gracias a los mismos teléfonos que lo grabaron.
Sin embargo, el episodio planteó una pregunta:
¿Qué ocurre con una experiencia cuando la necesidad de documentarla desplaza el
acto de vivirla?
Bunbury no es el único.
En agosto de 2024, Bob Sinclar publicó un
video después de una presentación en Miconos. La describió como la peor de su
carrera porque el público permaneció inmóvil, pendiente de las pantallas de sus
teléfonos en lugar de bailar. Explicó que cambió varias veces el estilo musical
para provocar alguna reacción, sin conseguirlo. Su petición fue tan sencilla
como elocuente: "Por favor, dejen de usar sus teléfonos en el club".
Ese malestar no constituye un hecho aislado.
También ayuda a explicar una tendencia que comenzó a extenderse en Europa y
Estados Unidos: los conciertos sin teléfono (phone-free concerts).
Algunos artistas solicitan al público guardar el teléfono móvil dentro de una
funda sellada que sólo puede abrirse al terminar el espectáculo. El dispositivo
permanece con su dueño, aunque fuera de su alcance. No se trata de una condena
a la tecnología. La intención consiste en recuperar una forma de atención que
parecía perdida.
Hubo un tiempo en que las luces de un
concierto se apagaban y el escenario concentraba toda la atención. Hoy ocurre
algo distinto. El artista apenas aparece y miles de pantallas se encienden al
mismo tiempo. Basta observar cualquier fotografía tomada desde el escenario
para descubrir que la luz dominante ya no proviene de los reflectores, sino de
los teléfonos. El público ya no sólo contempla el espectáculo. También procura
conservarlo.
La escena se volvió habitual. Cada canción considerada
de importancia para el espectador parece exigir una fotografía, un video o una
transmisión en directo. El teléfono ocupa un lugar entre los ojos y el
escenario, como si la experiencia necesitara atravesar una pantalla para parecer
suficiente.
Durante siglos, la música en vivo existió sólo
mientras sonaba. Lo mismo ocurrió con el teatro, la danza o la ópera. Al
concluir la función no quedaba otra cosa que la memoria del público. Cada
espectador regresaba con un recuerdo distinto, moldeado por su sensibilidad y
por el paso del tiempo. Esa fragilidad formaba parte del acontecimiento.
La tecnología prometió acabar con esa
incertidumbre. La fotografía inmovilizó los instantes. El video añadió
movimiento. Los teléfonos inteligentes colocaron una cámara en cada bolsillo.
Nunca había resultado tan sencillo conservar un momento. El problema nunca fue
la posibilidad de conservar un instante: comenzó cuando la necesidad de
conservarlo terminó por imponerse sobre el acto de vivirlo.
Sin embargo, esa conquista produjo una
contradicción. Cuanto mayor es la capacidad para registrar la realidad, menor
parece la disposición para habitarla sin intermediarios.
Una pantalla no impide escuchar una canción.
Lo que modifica es la relación con ella. El espectador ya no sólo sigue la
música. También busca el mejor encuadre, calcula la duración del video y decide
cuál fragmento merece conservar. Una parte de la atención abandona el concierto
para ocuparse de su registro. Cuando una pantalla se convierte en intermediaria
permanente, la presencia deja de ser completa.
La idea comienza a extenderse fuera de los
escenarios. Hace apenas unas semanas, Taylor Swift y Travis Kelce celebraron su
boda bajo una política que impedía el uso de teléfonos móviles. Invitados,
proveedores e incluso parte del personal prescindieron de sus dispositivos para
preservar la intimidad de la ceremonia. La decisión respondió al deseo de
evitar filtraciones, pero también reveló algo más profundo. Algunos
acontecimientos empiezan a reclamar el derecho de existir sin convertirse de
inmediato en contenido.
Tal vez el valor de un concierto nunca
dependió de las imágenes que podía producir, sino de aquello que ninguna cámara
consigue capturar. Una interpretación en directo no vuelve a repetirse de la
misma manera. La emoción compartida por miles de personas tampoco admite una
segunda versión. Su riqueza proviene de esa condición irrepetible.
Durante años se creyó que el progreso
consistía en conservarlo todo. Quizá ocurrió lo contrario. En el intento por
salvar cada instante del olvido, se comenzó a olvidar cómo se vive un momento
mientras sucede.
La crítica de Bunbury, la frustración de Bob
Sinclar, los conciertos sin teléfono y la decisión de Taylor Swift no
representan un rechazo de la tecnología. Expresan el deseo de recuperar algo
mucho más sencillo: el derecho de asistir a un acontecimiento sin convertirlo
de inmediato en contenido.
Quizá el verdadero lujo del siglo XXI ya no
consista en acceder a todo, sino en aceptar que ciertos instantes no necesitan
una prueba para justificar su existencia. La memoria nunca compitió con la
tecnología. Sólo esperaba que alguien volviera a concederle el primer lugar. O,
mejor aún, que la experiencia volviera a ocupar el suyo.


