La adaptación de Christopher Nolan deslumbra por su despliegue técnico y su fidelidad a Homero, pero privilegia el espectáculo sobre la complejidad humana del héroe y deja una sensación de admiración más que de emoción.
DAVID TOVILLA
La Odisea de Christopher Nolan domina la taquilla y
la conversación. La película parece concebida para triunfar: reúne un reparto
capaz de conectar con públicos diversos y despliega un diseño visual que busca
convertir cada encuadre en una imagen memorable. La apuesta por un formato de
gran escala busca reforzar la sensación de monumentalidad, aunque las salas
equipadas con tecnología IMAX sean limitadas o escasas.
Nolan construye un espectáculo imponente, con un
dominio técnico excepcional, que recupera los episodios esenciales de una de
las obras fundacionales de la literatura occidental. Todo apunta a que la
película ocupará un lugar protagónico en la próxima temporada de premios y
figurará entre las principales aspirantes al Óscar.
La cinta merece verse por sus múltiples atributos. Sus tres
horas de duración transcurren con fluidez, en buena medida porque el último
tramo adquiere una intensidad que compensa el desarrollo inicial. Sin embargo,
al abandonar la sala queda una sensación difícil de ignorar: se ha visto una
buena película, un espectáculo de gran nivel, pero no una obra capaz de
conmover o de dejar una huella en la memoria.
La Odisea ha atravesado casi tres milenios y sus
historias siguen siendo reconocibles incluso para quienes nunca han leído a
Homero. El caballo de Troya, el encuentro con el cíclope Polifemo, el canto de
las sirenas, el regreso a Ítaca y la matanza de los pretendientes forman parte
de una memoria cultural compartida. Nolan opta por reconstruir esos episodios
con notable eficacia visual, pero rara vez descubre en ellos una lectura
distinta o una interpretación que permita mirar el mito desde otra perspectiva.
Ahí reside la principal limitación de la película. Nolan
privilegia el desarrollo de la aventura sobre la construcción del personaje. Su
Odiseo aparece marcado casi exclusivamente por la culpa de la guerra, cuando en
Homero conviven la astucia y la soberbia, la nobleza y el engaño, la fidelidad
al hogar y el deseo de prolongar el viaje. Es esa suma de contradicciones la
que explica la vigencia de Odiseo casi tres mil años después. Reducido a una
sola dimensión, termina por imponerse la presencia de Matt Damon antes que la
complejidad del héroe. El espectáculo se impone sobre la complejidad humana del
personaje y, con ello, también se atenúan los múltiples significados que la
obra ha conservado a través del tiempo.
Nolan se concentra en el recorrido de Odiseo, pero el viaje deja
de ser una metáfora del regreso a uno mismo para convertirse, sobre todo, en
una sucesión de obstáculos. Homero, en cambio, escribió una profunda reflexión
sobre el paso del tiempo y la manera en que transforma a las personas y a las
sociedades; sobre la tensión entre la voluntad y la realidad, así como sobre la
tragedia y la muerte como condiciones inseparables de la existencia humana. Esa
dimensión filosófica apenas alcanza a insinuarse en la adaptación.
Algo semejante ocurre con los personajes femeninos. En la
película suelen funcionar como acompañantes o detonantes de la acción. En el
poema desempeñan un papel decisivo en el destino de Odiseo. Atenea, por
ejemplo, no es una presencia ornamental, sino la inteligencia que orienta, protege
e interviene de manera constante en favor del héroe. Al reducir esa influencia
sobre el destino del héroe, también se empobrece una de las dimensiones
esenciales del relato homérico.
La Odisea de Nolan ocupará un lugar destacado entre
las versiones cinematográficas del clásico. Quedará como una de las
aproximaciones más ambiciosas al poema de Homero. Su fuerza está en la potencia
de sus imágenes, en la eficacia con que convierte un texto fundacional en un
espectáculo accesible y en la solvencia de su reparto. Cumple con creces en la
forma; es en el fondo donde aparecen las reservas.
Su mayor virtud es, al mismo tiempo, su mayor legado:
despertar el interés por volver a Homero. Quien salga del cine con el deseo de
leer o releer La Odisea descubrirá que el poema plantea preguntas que
ninguna adaptación puede responder por completo. Tal vez esa sea la mayor
victoria de la película: recordar que algunos clásicos no sobreviven porque
puedan adaptarse al cine, sino porque ninguna adaptación logra contenerlos por
completo.
Una de las mejores reflexiones sobre la película es de Martín Vivanco Lira, por lo que es inevitable compartirla con amplitud:
«Para los griegos no había malo ni bueno, había moderación o
excesos, punto. Por eso, las obras griegas no se resuelven con los dos amantes
navegando hacia el horizonte, sino que la tragedia acaba en muerte y la comedia
en ridículo, o sea, no acaban bien. El universo griego no era maniqueo —en
blanco y negro—, sino un mundo habitado por la complejidad de los seres
humanos. Esta complejidad se mostraba, sobre todo, en la figura del héroe
trágico. A diferencia del héroe de hoy que se apega a ciertos valores morales,
el héroe griego busca la grandeza; busca crecer, a costa de lo que sea, incluso
de sí mismo. En esa búsqueda de grandeza los defectos cobran entidad, y sin
moderación, serán la tumba del héroe. Por eso se representan en tragedias que
muestran cómo se enferman de hybris (la enfermedad del poder, la soberbia) y
cómo la phronesis (la prudencia que surge del conocimiento de uno mismo y sus
límites) brilla por su ausencia.
»En cambio, en el mundo de hoy, nos negamos a ver esa
complejidad. Quizá la película sea una fiel muestra de esta evasión y, por
tanto, de la pobreza espiritual de nuestros tiempos. Vivimos en la época de la
simplificación de todas las cosas. Preferimos que nos digan quién es el bueno y
quién es el malo para tener la satisfacción de ver el triunfo de los buenos —y
que de preferencia nos lo digan mientras estamos sentados en una butaca o
aplaudiendo en la plaza—. Quizá por eso Nolan prefirió representar a un Odiseo
lleno de pesadumbre y de culpa por el saqueo de Troya, que al verdadero Ulises:
embustero, tramposo, mentiroso, truculento e inteligente. Preferimos pensar que
su odisea es una sencilla historia de amor, que él regresa a reunirse con
Penélope porque, simplemente, la extraña; cuando en todo el poema apenas
menciona que quiere ver a Penélope, y pasa 7 años acostándose con Calipso, más
otro año entero con Circe.
» (…) El problema de Nolan es que al cambiar la estructura
moral nos simplificó a nosotros y a nuestro universo. Empobreció nuestra vida
interior y nos muestra un mundo que no existe porque simplemente no somos así.
Somos, polytropos, seres de “muchos” (poly) “giros” (tropos).
Es decir, como Ulises, somos seres complicados».
