Al poeta Dylan Thomas le preguntaron por qué las palabras pierden su significado —o su bondad—. Respondió: “Las emplean con asiduidad quienes no deberían”. Eso ocurre hoy en Venezuela. Un personaje de bajo perfil intelectual, encaramado en la presidencia, enfrenta la crisis a punta de ocurrencias y obcecación.
La actuación de Nicolás Maduro confirma que quienes se parapetan en un discurso de “izquierda” en realidad buscan justificar un comportamiento autoritario y anacrónico. No hay pensamiento, reflexión ni visión: solo lugares comunes y un acomodo interesado de las palabras. Este bufón quisiera exterminar a quienes se han organizado en una insurgencia ciudadana.Si Maduro algún día leyera —y en especial Cinco escritos morales— entendería que el adjetivo “fascista” se ajusta antes a su práctica de poder que a sus adversarios. En el ensayo sobre el “Ur-Fascismo” o “fascismo eterno”, Umberto Eco propone una tipología y advierte que esas notas no forman un sistema: muchas se contradicen, pero “basta con que una de ellas esté presente para hacer coagular una nebulosa fascista”.
- No aceptación del pensamiento crítico.No aceptación del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento de progreso de los conocimientos. Para el Ur-Fascismo el desacuerdo es traición. En la lógica del madurismo, estar con el líder equivale a lealtad; no estarlo se interpreta como traición a la patria.
- Miedo a la diferencia. El desacuerdo es un signo de diversidad. El Ur-Fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el natural temor a lo diferente. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. Por eso Maduro promete “defender a Venezuela de apátridas y fascistas”. Ante lo ajeno, la respuesta es la descalificación: cuando faltan argumentos, se busca el descrédito mediante la adjetivación.
- Surgimiento de la frustración individual o social. Una de las características típicas de los fascismos históricos ha sido el llamamiento a las clases medias frustradas, desazonadas por alguna crisis económica o humillación política, asustadas por la presión de los grupos sociales subalternos. En Venezuela esa frustración —producida y administrada— puede convertirse en combustible político: se ofrece identidad a cambio de obediencia, pertenencia a cambio de silencio, y se fabrica un enemigo para cohesionar lo que la realidad desmiente.
¿De dónde surgen, entonces, los actores de corte paramilitar que se exhiben como “fuerza” motorizada —como la Asociación Bolivariana de Motoristas—? En 2014, por ejemplo, medios oficialistas presentaban a su dirigencia (Gustavo Martínez) movilizando miles de motoristas en respaldo a Maduro. Y, en paralelo, distintos informes describen la actuación de grupos civiles armados progobierno (“colectivos”) con tolerancia o coordinación estatal, a menudo usados para hostigar y reprimir protestas.
- Obsesión por el complot. En la raíz de la psicología Ur-Fascista está la obsesión por el complot, posiblemente internacional. Esa matriz discursiva se vio con nitidez en Venezuela durante la oleada de protestas de febrero de 2014. El 22 de febrero, Nicolás Maduro reiteró que “contra Venezuela no sólo hay un golpe en marcha, además una campaña mundial”. De inmediato aparece el vaivén funcional del relato: los adversarios son presentados como una maquinaria planetaria, pero también como un puñado de conspiradores a los que se puede “neutralizar” con medidas administrativas o gestos teatrales.
- El enemigo omnipotente y el enemigo ridículo. Gracias a un continuo salto de registro retórico, los enemigos son simultáneamente demasiado fuertes y demasiado débiles. De ahí la contradicción que no escandaliza a los creyentes: Maduro expulsa a diplomáticos estadounidenses y, pocos días después, el gobierno anuncia el nombramiento de un embajador en Washington (Maximilien Sánchez Arveláiz), como si bastara un cambio de ficha para reordenar una “guerra” que —según la propia retórica oficial— sería total.
- La paz como bandera, la guerra como lógica. Para el fascismo no hay lucha por la vida, sino más bien, “vida para la lucha”. Lleva consigo un complejo de Armagedón: puesto que los enemigos deben y pueden ser derrotados, tendrá que haber una batalla final, de resultas de la cual el movimiento obtendrá el control total. Eso explica el tono de los manifiestos de “sectores” que no informan ni argumentan: repiten, como salmodia, la consigna de la victoria inminente: “sabemos que el Pueblo Bolivariano en Venezuela y su gobierno, encabezado por el Compañero Nicolás Maduro, sabrán derrotar estos intentos de la derecha fascista y honrarán la memoria del Comandante Hugo Chávez profundizando el proceso revolucionario. Llamamos a estar alertas de los acontecimientos en Venezuela y expresar nuestro apoyo y solidaridad ante los intentos desestabilizadores y golpistas de los enemigos de la Revolución Bolivariana”. Y el 25 de febrero de 2014, el canciller Elías Jaua lo dijo sin rodeos: “Estamos a punto de coronar una gran victoria de la paz sobre la violencia”.
- Elitismo popular. El elitismo es un aspecto típico de toda ideología reaccionaria, en cuanto fundamentalmente aristocrático. El Ur-Fascismo no puede evitar predicar un “elitismo popular”. Cada ciudadano pertenece al mejor pueblo del mundo, los miembros del partido son los ciudadanos mejores, cada ciudadano puede convertirse en miembro del partido. El líder, que sabe perfectamente que su poder no lo ha obtenido por mandato, sino que lo ha conquistado con la fuerza, sabe también que su fuerza se basa en la debilidad de las masas, tan débiles que necesitan y se merecen un “dominador”. En esa clave se lee la fanfarronería punitiva de Maduro, en plena crisis de 2014: “¿Dónde está Leopoldo López? En la cárcel como yo dije que iba a estar, gracias al Poder Judicial y la Fiscalía General… Aquí no hay un presidente débil”. La frase no es solo amenaza: es autocelebración de fuerza y, al mismo tiempo, pedagogía de obediencia. El “pueblo” se define como superior; la disidencia, como enemiga; y el gobernante se presenta como el único capaz —por dureza— de administrar el orden que él mismo declara sitiado.
- Transferencia de la voluntad de poder a lo sexual. El Ur-Fascista transfiere su voluntad de poder a cuestiones sexuales. Éste es el origen del machismo (que implica desdén hacia las mujeres y una condena intolerante de costumbres sexuales no conformistas, desde la castidad hasta la homosexualidad). En esa clave, la homofobia funciona como instrumento político: no discute ideas, humilla identidades; no refuta, descalifica.
En el repertorio de Nicolás Maduro esto aparece desde hace años como recurso retórico de menosprecio. En actos públicos llegó a usar el insulto homófobo “mariconsones” para referirse a opositores, en una frase que lo vincula, además, con la etiqueta de “fascistas”. No es un desliz: es una forma de disciplinamiento simbólico. Cuando el poder reduce al adversario a una injuria sexual, busca convertir el debate en vergüenza y el disenso en estigma.
- Populismo cualitativo. El Ur-Fascismo se basa en un “populismo cualitativo”. En una democracia los ciudadanos gozan de derechos individuales, pero el conjunto de los ciudadanos sólo está dotado de un impacto político desde el punto de vista cuantitativo (se siguen las decisiones de la mayoría). Mientras que el ur-fascismo vacía los derechos del individuo y convierte al “pueblo” en una cualidad: una entidad monolítica que dice encarnar una “voluntad común”. Como esa voluntad unánime es una ficción, el líder se erige en su intérprete. En ese registro debe leerse la frase de Nicolás Maduro del 25 de febrero de 2014: “Les pido respeto para la paz y que me cuiden; porque lo mejor para Venezuela es que Maduro esté al frente de la estabilidad política…”. No está pidiendo protección: está reclamando identificación. La estabilidad deja de ser un acuerdo institucional y se vuelve una condición personal (“que Maduro esté al frente”); el país ya no se imagina como pluralidad de ciudadanos, sino como masa que trabaja mientras el líder —supuesto traductor de la “voluntad común”— administra el orden y decide quién pertenece al “pueblo” y quién queda fuera.
- Neolengua: el idioma del mando. El Ur-Fascismo habla la “neolengua”. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. En Venezuela, esa neolengua no es una invención original: Maduro recicla la fraseología del totalitarismo castrista (sabotaje internacional, “guardia del pueblo”, “poder popular”) y la refuerza con una metralla de etiquetas contra toda disidencia: “fascistas”, “sicarios”, “vendepatrias”, “antibolivarianos”… Un idioma donde el adjetivo reemplaza al argumento.
A esa pobreza programática se suma, además, la torpeza del aprendiz de dictador. Tras el desliz de “millones y millonas”, en lugar de rectificar, llegó a bromear con proponer “millonas” a la Real Academia Española por parecerle “bonita”. Y Paulina Gamus —en un texto publicado por El País— reunió un pequeño catálogo de esos tropiezos que ya operan como pedagogía de la confusión: llamar “Tarot” a la Torá; decir “aguja en un panal” y, corregido, insistir en que “panal” o “pajar” da lo mismo; amenazar con que no quedaría “polvo sobre polvo”; pedir que le pusieran el “telescopio” (estetoscopio) en el corazón; o dictar aquella sentencia memorable sobre “dos mitades” del país: una mayoritaria y otra minoritaria.








Conexiones